Aforismos: cuando menos es más

Hay palabras que ya en su origen cuentan una historia. Aforismo es una de ellas.

Aforismo procede del latín aphorismus, tomado a su vez del griego ἀφορισμός (aphorismós), término relacionado con la idea de delimitar, definir, separar o determinar.

Podemos comprender mejor su formación observando tres elementos:

ἀπό (apó): indica separación, alejamiento o procedencia; puede traducirse, según el contexto, como “desde”, “fuera de” o “apartado de”.

ὁρίζω (horízō): significa “delimitar”, “marcar una frontera”, “determinar” o “definir”.

-μός (-mós): sufijo utilizado para formar sustantivos que expresan una acción o su resultado.

De allí, aphorismós tuvo sentidos como delimitación, determinación o definición.

Y aquí aparece un parentesco etimológico:

El verbo griego horízō está relacionado con ὅρος (hóros), “límite” o “frontera”. De esa familia procede también horizonte, lo que delimita nuestra visión, la frontera entre el cielo y la tierra.

De horizonte surgen luego horizontal y horizontalidad.

 

Un aforismo se presenta como una frase corta: es la condensación de una idea en pocas palabras. Es una frontera verbal que encierra algo mucho más vasto. En el siglo V a.C., Hipócrates y la tradición hipocrática reunieron en sus Aforismos observaciones clínicas en forma breve, pero la forma ya existía en la cultura griega. De hecho, los fragmentos de Heráclito son intensamente aforísticos. En la tradición estoica, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio cultivaron sentencias breves como ejercicios de vida. En el siglo XVII, Baltasar Gracián hizo del aforismo un arte de prudencia. La Rochefoucauld, Pascal, más tarde Schopenhauer con sus "Aforismos sobre la sabiduría de la vida" y Nietzsche, que convirtió al aforismo en un relámpago filosófico, llevaron la forma a territorios morales, psicológicos, existenciales. Oscar Wilde lo hizo paradoja; Kafka y Cioran, pregunta y vértigo. En nuestra lengua, Borges dejó frases que parecen contener una biblioteca. Y Antonio Porchia, con su Voces, llevó la condensación hasta un punto extraordinario.

De Hipócrates hasta nuestros días el aforismo ha sido una forma de pensamiento que se niega a dispersarse. Quizás por eso perdura: porque, frente a la prisa, obliga a volver sobre una frase y quedarse pensando.

 

Hipócrates condensó observaciones médicas.

Heráclito, intuiciones sobre la realidad y el devenir.

Séneca, Epicteto y Marco Aurelio, enseñanzas para gobernarse a uno mismo.

Gracián, reglas de prudencia.

La Rochefoucauld, observaciones sobre las motivaciones humanas.

Pascal, interrogantes sobre la condición humana.

Schopenhauer, reflexiones sobre el arte de vivir.

Nietzsche, desafíos al pensamiento establecido.

Wilde, paradojas e ironía.

Kafka, interrogantes existenciales.

Cioran, pensamientos llevados al límite.

Borges, universos comprimidos en frases.

Porchia, silencios convertidos en palabras.

Antoni Bolinches condensó una vida entera.

 

Como el horizonte establece aparentemente un límite para nuestra mirada, el aforismo establece un límite para las palabras, pero no para el pensamiento.

Quizás allí resida su verdadera belleza: termina la frase y comienza la reflexión.

 

«Atrévete a saber.»

Horacio

Lic. Tamara Le Gorlois

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