La estancia La Porteña, en San Antonio de Areco, vuelve a abrir sus puertas al público luego de permanecer seis años cerrada.
Es la estancia donde pasó sus días y juntó sus recuerdos para componer Don Segundo Sombra el escritor Ricardo Güiraldes.

La estancia fue declarada Monumento Histórico Nacional

Informes: (15) 5626-7347; por el mail,
laporteniadeareco@gmail.com o www.laporteniadeareco.com
Precios turismo argentino:
Día de campo: $ 150 por persona; niños de hasta 10 años, 100. Incluye recepción, asado sin bebidas alcohólicas, mate con pastelitos por la tarde y recorrido por los sitios mencionados. Se requiere reservas
Cabalgatas: 100 por persona, por día. Pueden ser nocturnas los días de luna llena.
Dónde dormir: Alojamiento: $ 420 por persona, por día, con comidas incluidas.

Cómo llegar: Desde Buenos Aires, por Acceso Norte ramal Pilar. Luego continuar por la ruta 8 hasta el kilómetro 110 (cruce de la ruta 41). Doblar por ésta a la derecha y a los 3 km nuevamente doblar a la derecha, hasta encontrar un camino entoscado 4 km más adelante.
Así como en la ciudad hay lugares que deberían restaurarse, mantenerse y no cerrar nunca, en el campo hay iconos como La Porteña, declarada Monumento Histórico Nacional, cuyas paredes resisten el paso del tiempo. Arboles como el cedro grande bajo el que se sentaba a escribir don Ricardo alcanzan muchísima altura y son venerados por los turistas, que se sientan al atardecer bajo su eterna sombra, envueltos en una mística única.
La casa blanca con su galería de perfumadas glicinas, el altillo donde escribía Güiraldes y la inversión en restauración que aún se realiza en la antigua casona de principios del siglo XIX hacen de ésta una experiencia inolvidable.
Los cuartos ahora tienen camas con sommier y próximamente llegarán los ventiladores de techo: el confort urbano está arribando a La Porteña, que hoy cuenta con seis cuartos para pasar la noche.
La matera con su fogón, el corral de palo a pique hecho con aguaribay en forma rústica, el altillo donde escribía Güiraldes, el aljibe donde el autor tiró las primeras ediciones de sus libros El cencerro de cristal y Cuentos de muerte y sangre desalentado por la crítica negativa, el ombú viejo y hueco donde los niños esconden sus ilusiones, el parque cuidado con avenidas de árboles de más de 150 años diseñado por Thays, todo permanece para deleite de los viajeros.
Hoy en la estancia reciben el administrador Gonzalo Susini; su mujer, la colombiana Catalina Novoa, y Lourdes Smith Estrada, que se encarga de la restauración de los muebles y antigüedades de la familia Güiraldes. Con 9 años, Lourdes asistió al entierro de Adelina del Carril, esposa de Ricardo Güiraldes, que fue la impulsora de la obra de su esposo.
Buenos anfitriones
Según las necesidades de los viajeros, los anfitriones sugieren cabalgatas, partidos de polo, descanso o pileta. Sobre el mediodía se ofrecen quesos, fiambres y empanadas caseras, y luego llega el asado con ensaladas y el flan casero, bien de campo.
Después, más tarde o más temprano, comienzan los recorridos por el terreno de 150 hectáreas en carro, a pie o a caballo. El hermoso bosque de acacias negras posee senderos para recorrer con fresco olor a tierra. Gonzalo o Tomás llevan a los turistas a las cabalgatas con yeguas madres que de tan mansas cuesta hacerlas caminar. La yegua blanca viene acompañada por su potrillo que parece un chico de tres años: de puro contento corre y brinca, un espectáculo bellísimo.
En caso de montar bien a caballo los viajeros pueden elegir los ejemplares destinados al polo con los que él y sus amigos -Martín de Estrada, Augusto Gómez Romero, Nicolás Estrada, Federico Pérez Iturraspe e Iñaki Borthabouru-, pertenecientes al grupo La Legión de Polo, realizan exhibiciones y torneos como el celebrado en enero de 2008 en Cartagena Laguna Club, Colombia, entre otros.
El bosque ondulado envuelto en sombras se hunde, pasando la tranquera, en el potrero de soja de primera que parece de segunda por su altura, pero que reverdece algo gracias a la reciente lluvia. Superado éste, los caballos se hunden en una antigua tosquera que no es Mosquera, cubierta de pasto por el paso del tiempo, una suerte de hondonada que luego deviene acantilado para trepar y tener una vista panorámica de todo el campo.
La misma vista que se ofrece desde la altura de un caballo. William Henry Hudson, en su libro Allá lejos y hace tiempo describe sus andanzas por las pampas chatas e infinitas donde nació y vivió sus primeros años.
Más adelante asoma una laguna con forma de gota cubierta de musgo y cortaderas rodeada por árboles, donde toman agua gansos, cigüeñas y hasta algún flamenco despistado. La vuelta puede hacerse por otros caminos entre bosques y potreros. Todo el tiempo, Gonzalo diseña nuevas alternativas para alargar o estirar los paseos a caballo, uno de los fuertes de la estancia. Ofrecen también un evento campero con desfile de caballos, exhibición de polo, juego de sortija, doma india y asado al asador sobre la tierra, para grupos.
Susini se crió en su campo de Entre Ríos; junto con Hudson podría afirmar que no se está realmente vivo si no se pude ver crecer el pasto ni oír las voces de los pájaros y todos los sonidos rurales. Pero luego la vida lo llevó por otros lugares. Cercano a la casa ofrece un corral cerrado con ligustrinas para realizar polo de noche, con luz artificial y cuatro jugadores para aquellos interesados.
Su pasión, como la de Ricardo, son los caballos y los cielos de la pampa de luminosidades misteriosas. Una vez, Güiraldes, que se reconocía como discípulo literario del gaucho , preso de nostalgia luego de una larga permanencia en la capital francesa donde estaba viviendo, escribió: "Ha sido en París donde comprendí una noche en que vi solito mi alma que uno deber ser un árbol de la tierra en que nació: espinillo arisco o tala pobre. Acababa de dar una vuelta completa al mundo, y esa noche de nieve me corrió por lo despiadada, y lo era más por la escarcha nuestra, porque era nieve extranjera. Me sentí huérfano, guacho y ajeno a mi voz, a mi sombra y a mi raza. Lié mis petates, y ¡hasta la vuelta!, le dije, che. Cuando me bajé del barco tomé un pingo y le entré, como cuando era cachorro, hasta el corazón de la pampa".


Por Silvina Beccar Varela


La Nación, Domingo 1 de marzo de 2009
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1104036

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