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Glosofobia, el miedo a hablar en público

La glosofobia es una forma de ansiedad social que puede ir desde una incomodidad leve hasta un pánico paralizante al tener que hablar frente a otras personas, ya sea en una reunión, una clase, una presentación o incluso en grupos pequeños.

El término proviene del griego: Glosso-: de glōssa, que significa “lengua” o “habla” y -fobia: de phobos, que significa “miedo”.


 Síntomas comunes:

Palpitaciones rápidas

Sequedad en la boca

Voz temblorosa o quedarse en blanco

Sudoración excesiva

Náuseas o mareos

Evitación de situaciones que impliquen hablar

 

🎯 Causas frecuentes:

Miedo al juicio o la crítica

Perfeccionismo

Experiencias negativas previas

Baja autoestima o inseguridad

 

🛠 ¿Se puede superar?

Sí, con práctica y algunas herramientas muy efectivas:

Entrenamiento en oratoria o teatro.

Técnicas de relajación y respiración (como mindfulness o respiración diafragmática).

Exposición gradual a situaciones donde haya que hablar.

Terapia cognitivo-conductual (TCC).

Visualización positiva y reprogramación de creencias.

Lic. Tamara Le Gorlois

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Soy Tamara Le Gorlois
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🎓 Guía de Turismo
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Las muletillas


Lic. Tamara Le Gorlois 

Maestra de Ceremonias 


El poeta nace, el orador se hace. (Quintiliano) 


En buena lógica, ¿no debería la mente del orador conocer la sustancia del tema sobre el que se dispone a hablar? (Platón) 


La disertación, clase o visita guiada sólo despierta interés si se realiza a modo de “improvisación bien preparada” (“conferencia”). A la gente le interesa ver nacer algo de su locutor (espontaneidad). Rechaza, con aburrimiento asegurado, escuchar discursos o presentaciones leídas, ya que la lectura es algo que podría hacer cómodamente en su casa. Pero a la vez, esa espontaneidad del orador puede arrastrar vicios o malas costumbres, como las muletillas. 

Una muletilla es una palabra, voz o frase que se repite en exceso al hablar. El orador la pronuncia en forma inconsciente, especialmente al exponer en público o en forma mediática.

El uso de muletillas sabotea la amena transmisión y la percepción del discurso. Cualquier palabra, expresión o gesto repetido muchas veces, se convierte en muletilla, y el oyente, en vez de atender a lo que se está diciendo, se distrae contabilizando las impertinentes y reiteradas expresiones.

“Muletilla” viene de muleta; un apoyo que sirve para cargar el cuerpo cuando se tiene dificultad para caminar. Se refiere a algo que ayuda a mantener o sostener a otra.
Es importante erradicar esta dependencia que es tóxica en la locución. Para ello es bueno conocer al menos las más frecuentes:

— ¿Sí?

— ¿No?... ¿Viste? ... ¿Verdad?

— ¿Está claro? ¿Se entiende? ¿Me explico?

— Entonces...

— Bueno.

— A ver… veamos… digamos…

— ...o sea…

— ...pues…

— La idea es…

— por supuesto que sí.

— ...Como ustedes saben...

— ...este.

— Esteeee…

— Estoooo…

— Eeeee…

— Ammm… 


No está mal preguntar al público si está claro o si se entiende lo que se está explicando. Lo malo es preguntarlo todo el tiempo.Como nadie se da cuenta de su propia muletilla, lo más práctico para eliminarla es preguntarle a un amigo o asistente cuál es la que oye, o grabar la alocución, y tras escucharla detenidamente e identificar la muletilla, trabajar sobre ello.

Lo importante es tomar conciencia de qué palabra se está repitiendo innecesariamente y proponerse no decirla nunca más. Cuando uno mismo se da cuenta de que se le ha escapado, ya estás en camino de resolver su problema.La mejor manera de erradicar estos vicios, es corrigiendo la raíz.

Sabemos que la muletilla es una especie de “tic nervioso del lenguaje”, producto de los nervios, la timidez y la inseguridad, que en realidad surgen cuando el discurso no está suficientemente bien preparado.

En definitiva, ¿qué es lo primordial para corregir el problema?

"Libri faciunt labra": este adagio de la antigua Roma –"Los libros hacen los labios"– recuerda que el buen orador se forja a fuerza de lectura y estudio. 


1. Conocer bien el tema a exponer. Sentirse cómodo dominando la información. Contar con una investigación previa que despeje potenciales dudas propias y del público. El conferenciante debe saber, por supuesto, de qué va a hablar, pero no exactamente qué es lo que va a decir, ya que el público será quien se lo sugiera, en diálogo con él (aunque sea uno solo quien hable). 

2. Riqueza de vocabulario. Es básicamente la fluidez de vocabulario la que reemplazará el uso de las muletillas al no quedar “espacios” vacíos. Los conceptos se habrán desarrollado con pocas palabras, pero claras y precisas. La mejor manera de enriquecer el vocabulario, es tomándose el hábito de la lectura. Ayuda mucho anotar en el margen de la hoja o en un cuaderno o pizarra las palabras nuevas y su significado o sinónimo. Leyendo estos apuntes varias veces al día, la palabra se incorpora cómodamente en nuestro léxico diario. 

3. Practicar previamente el discurso. Ordenar las ideas en la cabeza antes de presentarse ante el público. 

4. También ayuda estudiar el tema leyéndolo en voz alta, cuidando la dicción, la buena articulación, cultivando las pausas y los énfasis cuando correspondan. El hábito de leer en voz alta ejercita nuestra oratoria. 

5. Las pausas son un elemento interesante y positivo. Siempre es preferible hacer una pausa en lugar de “rellenar” ese momento con una muletilla. Al mismo tiempo, la pausa está creando un interés, un suspenso y una expectación por parte del auditor. 

6. Y definitivamente, la mejor manera de no cometer muletillas, “furcios”, exabruptos, y demás papelones, es erradicando o soslayando el vocabulario “tóxico” de nuestra mente. Ya lo decía Mahatma Gandhi: “Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras. Cuida tus palabras porque se volverán actos. Cuida tus actos porque se harán costumbres, que formarán tu carácter. Cuida tu carácter porque formará tu destino y tu destino será tu vida.”

Manerismos
Los movimientos, gestos y ademanes repetitivos, son considerados “manerismos” (palabra no reconocida por la Real Academia Española).Al igual que las muletillas, los manerismos atraen la atención hacia la parte del cuerpo que los manifiesta, ya sean las manos, las cejas u otra parte, convirtiéndose en un fuerte factor de distracción que compite con la concentración que el oyente debe dedicar exclusivamente al tema. Es como hablar en público con un loro en el hombro. Sin dudas, el oyente estará más pendiente del loro que del discurso.

El buen orador procura concentrar toda la atención de sus oyentes en el tema, evitando por todos los medios distraer la atención, ya sea con una vestimenta o arreglo personal exagerado, o con accesorios y adornos innecesarios, evitando al mismo tiempo los manierismos y las muletillas.

De la misma forma no se debe exagerar la decoración de la escenografía, la plataforma o proscenio de los oradores. No debe parecer un paisaje de ensueño o de circo, sino todo lo contrario, debe favorecer la concentración en el tema, en un marco de modestia y sencillez.

Salvas de honor: origen y protocolo



El origen del saludo protocolar de veintiuna salvas de artillería tiene su origen en el siglo XIV, cuando los cañones sólo podían dispararse una vez. El modo que tenían los navales para demostrar sus intenciones pacíficas era descargando su artillería. Para ello saludaban disparando siete cañones de una vez, dejándolos sin posibilidades de ataque, y los cañonazos se contestaban desde el puerto con igual número de disparos.

Luego, con el advenimiento de las baterías terrestres que podían disparar tres tiros, el saludo pasó a ser de 21; haciéndose tronar tres veces consecutivas los siete cañones. A la vez, es de tenerse en cuenta que en el plano militar, el tres y el siete son números cabalísticos y sagrados.
Las salvas también solían usarse en alta mar, como saludo entre buques que se encontraban tras largas y penosas travesías. Si el encuentro se producía de día y con buen tiempo, hasta era costumbre aproximar las naves para intercambiar víveres, mercaderías, y especialmente noticias.

En el Reino Unido, cuya armada es la primera de las Fuerzas desde los siglos XVIII y XIX –épocas colonial e imperial–, fue la primera nación en adoptar en su flota de barcos este tipo de saludo (efectuando los disparos solo con pólvora, sin balas), registrando éste y otros detalles del ceremonial naval en el "Queen's Regulations and Admiralty Institutions", que sirvió de base al Reglamento de Ceremonial Marítimo argentino.
Con el tiempo, el saludo de 21 cañonazos se fue adoptando internacionalmente, previa consideración de los usos y costumbres de cada país.
Por ejemplo, en el Congreso de Aquisgrán –Aix-la-Chapelle–, en el Protocolo del 21 de noviembre de 1818, las potencias participantes enviaron a la Conferencia Ministerial que habría de realizase en Londres, los reglamentos que observaban hasta entonces referentes al saludo naval. Se invitó entonces a las demás potencias a comunicar sus propias disposiciones a fin de establecer un reglamento único en la materia. Ese Protocolo llevaba las firmas de Richelieu, Matternich, Nesselrode, Hardenberg, Capo d’Istria, Bernstorf y Castlereagh, pero finalmente la iniciativa no se concretó: a menudo, los saludos ante la visita de algún Jefe de Estado que arribaba a un puerto extranjero se hacía con salvas que variaban entre 101 y 21 cañonazos; y para las flotas o barcos de guerra visitantes, o para personalidades de menor jerarquía, el número variaba también.

Sin embargo, el principio diplomático de la reciprocidad hizo que entre fines del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, la costumbre internacional y acuerdos en el tema, fuera generalizando el saludo a los Jefes de Estado en salvas de 21 cañonazos.
Estados Unidos, por ejemplo, fijó su protocolo de 21 cañonazos en agosto de 1875.
Por su lado, la República Francesa, en el Decreto del 16 de junio de 1907, en “título de Honores Militares”, estableció que, al visitar el Presidente una guarnición o unidad militar, entre otros honores, se le saludara con una salva de 101 cañonazos a su arribo y otra similar a su partida; pero el Decreto del 18 de febrero de 1928, lo reguló finalmente en la cantidad de 21 cañonazos.

En 1927, al recibir el rey Alfonso XIII en Madrid al rey Gustavo V de Suecia de visita oficial a España, en los honores que le fueron tributado se efectuaron tres salvas de 21 cañonazos: la primera cuando el tren especial que conducía al visitante llegó a la estación ferroviaria; la segunda se inició al ponerse en marcha su comitiva hacia el Palacio Real; y la tercera, al retirarse.

La República Argentina, que tradicionalmente concedió particular valor a las normas del ceremonial, publicó el 8 de octubre de 1886 el Reglamento de Ceremonial Marítimo, suscrito por el Presidente de la Nación, general Julio Argentino Roca. A este Reglamento se le agregó el Reglamento de Honores y Saludos de 1902, complementando así el Reglamento de Ceremonial Marítimo de 1904, segunda edición, publicado por la Armada Argentina.
En su Capítulo II establece los honores al "Presidente la Nación, Vicepresidente en ejercicio o Presidente en caso de acefalía", donde el artículo 14 dice que al llegar éste a aguas donde se encuentra una fuerza naval, el personal superior y tripulación vestirán de gala, los buques empavesarán a toda gala y recibirán con una salva de 21 cañonazos, tras lo cual la banda de música tocará Marcha Regular o el Himno Nacional; haciéndose al retirarse, los mismos honores que al llegar.
En el artículo siguiente especifica que la visita, si se reduce a un buque suelto, aparte del empavesado y las otras exigencias, la tripulación dará tres veces las voces de ¡Viva la Patria! y solo al alejarse el Presidente de la Nación se hará la salva de 21 cañonazos.
En cuanto a los jefes de Estado extranjeros, se les harán los mismos honores que al de la Argentina.

Para el Vicepresidente, la salva constará de 19 cañonazos, solo al retirarse. Otro tanto corresponde a los embajadores acreditados. La escala de disparos de cañón debe decrecer con los números 17, 15, 11, 9, 7 y 5 acorde a las demás jerarquías.
El hecho de que el número sea siempre impar, responde a la antigua superstición naval que considera que el número par no es favorable.

De la misma manera, el protocolo puede establecer 21 cañonazos para saludar a la bandera, a monarcas, por el nacimiento de miembros de la familia real, o para despedir a un Primer Mandatario, tal como se hizo al depositar los restos del ex presidente Raúl Alfonsín, en el Cementerio de la Recoleta.
También se efectúan salvas de honor en caso de fallecimiento del personal militar, siendo su número de disparos variable según la jerarquía del homenajeado.

Lic.Tamara Le Gorlois
Maestra de Ceremonias, Instituto Blanco Villalta

Títulos, cargos y otras yerbas


En Alemania, en 1818 fueron abolidos los derechos de la nobleza y se prohibió 
conceder nuevos títulos nobiliarios, pero se permitía seguir usando el título nobiliario como parte del apellido.
Hoy, el título nobiliario alemán Conde (alemán: Graf) o condesa (alemán: Gräfin) va entre el nombre y el apellido:
Ferdinand Graf von Zeppelin
Otto Eduard Leopold Graf von Bismarck
Julia Gräfin von Korff

El conde alemán que escribe su nombre en español poniendo Hans Conde de H..., etc. está traduciendo directamente del alemán.
Cuando Graf ('conde') va después del nombre de pila y no le sigue ningún apellido, no se trata de un título nobiliario, sino de un apellido común, como en España el apellido Conde: la tenista alemana Steffi Graf y el ex banquero español Mario Conde.

Por extensión, la RAE establece que el título nobiliario va con mayúscula cuando forma parte del nombre propio:
El Conde de Montecristo
El hostal Conde de Villanueva
Colegio Parque Conde de Orgaz
Casa del Conde de la Valenciana 
El Conde de Monte Cristo de Alejandro Dumas

Si se usa el título, cargo o nombre de dignidad, solo con propósitos expresivos, se escribirá siempre con minúscula cuando acompañen al nombre propio de la persona o del lugar al que corresponden:
el rey Felipe IV
el papa Juan Pablo II
el presidente del Ecuador
el ministro de Trabajo
(Se exceptúan de esta costumbre los títulos de los miembros de la familia reinante en España:
el Rey Don Juan Carlos
el Príncipe Felipe.» [Seco, Manuel: Diccionario de dudas ..., p. 290])

o se usen en sentido genérico:
el papa, el rey y el duque son tan mortales como cualquier otro ser humano

Sin embargo, pueden escribirse con mayúscula cuando no aparece el nombre propio de la persona o lugar y nos referidos a alguien a quien queremos destacar:
El Rey inaugurará la nueva biblioteca.
El Papa visitará tres países en su próximo viaje.

Es costumbre escribir con mayúscula estas palabras en leyes, decretos y documentos oficiales:
el Rey de España
el Presidente del Gobierno
el Secretario de Estado de Comercio.

Así como en escritos publicitarios, propagandísticos o de textos afines, a solo fin de destacar arbitrariamente determinadas palabras.

Título nobiliario añadido al nombre por aposición
Excmo. Sr. Don Javier Godó Muntañola, conde de Godó
Don Íñigo III. Vélez de Guevara y Tassis, VII° conde de Oñate y conde de Villamediana
Juan de Borbón, conde de Barcelona
Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares
Pedro Rodríguez Campomanes, conde de Campomanes
Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo
Palacio del conde de la Vega del Sella


Excmo. Sr. Don Martíi de Riquer i Morera, Conde de Casa Dávalos