Sobre la felicidad

Las estadísticas consideran a los daneses entre los más felices del mundo, dado que la retención del 60 por ciento del sueldo les garantiza una óptima “calidad de vida”, según los parámetros sociales occidentales.
Lo paradójico es que también tienen un altísimo índice de suicidios, y sabemos que los suicidios en general son desencadenados por algún tipo de exceso (exceso de drogas, de alcohol, de trabajo, de ocio, etc.) que predisponen a estados de melancolía y depresión.
Los dinamarqueses en particular tienen exceso de falta de luz solar –con lluvias casi todo el año y oscureciendo a las tres de la tarde–, así como exceso de confort alimentado por la creencia de que la felicidad se garantiza con “elementos externos” (vivienda, auto, sueldo, seguros sociales, etc.). Es tal el apego a estos elementos que termina siendo trágico cuando por alguna razón no logran adquirirlos o conservarlos.
Deberíamos ser concientes y no confundir “bienestar” con “felicidad”, y “estar felices” (algo vivido en el momento, por lo tanto temporario, transitorio) con “ser felices” (algo de nuestra esencia, algo incorporado a nuestro ser).
Meik Wiking, director del Instituto de Investigación de la Felicidad en Copenhague, analiza el fenómeno dinamarqués en su best seller “La felicidad en las pequeñas cosas”, alegando que la felicidad dinamarquesa va de la mano con la práctica del hygge (pronúnciese hoo-ga).
El término “hygge” sintetiza el sentirse bien en un hogar cómodo, calmo, de vida ralentizada, casi un santuario; un ámbito cuyos objetos, luces y música, sedantes y placenteros, propician la intimidad y calidez.
El hygge propone, lejos de obsesionarse por las modas, optar por un vestuario cómodo –por qué no de pijamas y pantuflas–; dejando los zapatos en la entrada, y prefiriendo los baños de inmersión.
Se da lugar a un ambiente minimalista, de pocos elementos “wabi sabi” (objetos simples, antiguos y/o imperfectos de belleza propia), incluyendo plantas naturales, cuidando la calefacción y/o ventilación en su justa medida, y, de ser posible, disfrutando también de algún fuego a leña.
Se priorizan los elementos de significado emocional, evitando los sintéticos, apostando a texturas naturales, como la madera, piedra, lana, telas; la luz natural durante el día y la buena luz artificial de noche en los ámbitos de trabajo y lectura, así como la luz difusa o a vela en lugares de encuentro social o descanso.
Se propicia la reunión con amigos y/o vida amorosa, en un marco de diálogo, risa, contacto físico, disfrute de películas, manualidades, juegos de ajedrez –de mesa en general–; saboreando alimentos y bebidas ricos y sanos, tal como es la alimentación ayurveda (de ingestas justas y equilibradas acompañadas por algún té de preferencia), sin excluir por ello el disfrute de un buen café y chocolate.
Puede parecer una obviedad burguesa pensar en una vida sibarita o de necesidades materiales cubiertas (aunque hasta las tradiciones orientales no descuidan este punto), cuando el Estado asegura las necesidades básicas y no hay que preocuparse por la inflación, el desempleo o la inseguridad.
Pero en realidad, la felicidad implica algo más profundo, tal como reconocer, aceptar y dominar nuestras luces y sombras, las dualidades que entran en conflicto cuando pretendemos posesionarnos de un lado u otro. Incorporando a la vida diaria la meditación, nos iremos despojando estas parcialidades y nos iremos conectando con el Todo (propiciando a la vez la armonía y el dominio de las emociones).
Así, podemos afirmar que el “hygge” danés no hace más que acompañar uno de los tres pilares de la felicidad: el de vivir simple; siendo los otros dos saber decir no (sobre todo cuando se nos induce a tomar acciones no deseadas) y saber aceptar las cosas y hechos tal cual se manifiestan.

Lic. Tamara Le Gorlois



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