Los Niños de Llullaillaco. Ceremonial exequial, real y divino en las cumbres argentinas


Por Lic. Tamara Le Gorlois
Maestra de Ceremonias
Resumen de Tesis 

Los "Niños del Llullaillaco", fueron sumergidos en su sueño de cinco siglos y causaron el asombro de todo el mundo cuando “se descubrieron” en abril de 1999.
En el número de noviembre de la Revista National Geographic una de las estatuillas del ajuar funerario se ganó la tapa. Finalmente se pudieron ver los cuerpos crío-conservados y parte de los enseres que estuvieron soterrados durante siglos en la gélida morada, orientadas al Sol.
En realidad, la huaca (adoratorio) no estaba perdida ni ignorada. El poblado al pie volcán Llullaillaco (Salta) sabía perfectamente de su existencia y la respetaba sabiendo que este sacro lugar garantizaba la subsistencia del poblado. Los ancestrales sacrificios aseguraban la protección divina ante posibles desastres naturales y la falta de agua y suministros. La profanación del santuario provocó crisis en el poblado y una grave mutilación en su cultura.
Esto me remite al cliché que dice "Hiram Bingham, descubridor de Machu Picchu". Él no descubrió nada. El santuario no estaba perdido, los peruanos sabían de su existencia, pero no lo tocaban. Bingham supo del lugar hablando con los baqueanos y se metió en las ruinas saqueándolas, llevándose todo el patrimonio a su país en total impunidad. Lo de siempre.

Volviendo a los niños de Llullaillaco, sabemos que fueron sacrificados u ofrendados a 6.730 metros de altura, en la cumbre del legendario volcán Llullaillaco. Sus tumbas son las más altas que el hombre jamás haya hecho en el planeta.
Estos niños-dioses que en su calidad de huacas o posibles mensajeros de los dioses, son los seres humanos que estuvieron más próximos a la refulgente divinidad de los Incas, el Sol.
"Sembrar muertos para cosechar vivos" decían los Incas.

Llullaillaco es un nombre compuesto por las palabras: "Llulla", que significa mentira, cosa engañosa, aparente, vana o falsa y Yaku o llaco que quiere decir agua, o sea, la aguada del engaño. Para los andinos las montañas representan grandes reservorios de agua; es allí donde se producen las precipitaciones en forma de nieve, y es el lugar desde donde brotan las vertientes con el vital elemento. Cuanto más alta es una montaña, más importante suele ser su vertiente. Pero este volcán puneño carece de la vertiente, sin duda se trata de una montaña que engaña y miente respecto al agua pretendida por las comunidades indígenas aledañas. La "línea o cota de agua" está ubicada entre los 5.500 y 5.800 metros, donde hay apenas ocho lagunas pequeñas que ofrecen el cristalino y vital líquido.
Otra interpretación sobre el topónimo Llullaillaco dice que Llullu puede significar "una cosa tierna que nace o crece antes de endurecerse". Esto delataría que el Llullaillaco es un volcán activo, donde la lava fluye como agua y luego se endurece.
También se puede considerar como posibilidad, lo mencionado por Felipe Guamán Poma de Ayala, en su obra "Nueva Crónica y Buen Gobierno", de fines del siglo XV y descubierta en 1908. En la sección destinada a "Ritos y Ceremonias", Guamán Poma habla de los "Hechiceros de Sueños", los cuales eran llamados Llullalaica Umu; entre otras cosas dice "otros hechiceros hablan con los demonios y chupan y dicen que sacan enfermedades del cuerpo y que saca plata o piedra o palillos o gusanos o sapo o maíz del cuerpo de los hombres y mujeres. Estos dichos son falsos hechiceros; engaña a los indios idólatras.".
Estos hechiceros de los sueños, brujos mentirosos, falsos o hechiceros del fuego, realizaban sus actividades en los adoratorios o lugares sagrados, tales como apachetas, montañas, vertientes u otros lugares del espacio geográfico consagrados socialmente para tal fin.
El Llullallaica Umu basaba su inspiración en el fuego; y como sacerdote presidía las ceremonias dedicadas al Sol, la Luna y el lucero. Trabajaba en las cuatro áreas del imperio y realizaba sus ofrendas a través del fuego, posibles luminarias encendidas en las montañas o apachetas, en las pampas de la Janca. De esta manera se puede pensar que el topónimo Llullaillaco, se refiere a estos hechiceros de los sueños, tan importantes para los rituales precolombinos.
El ceremonial de sacrificio en honor a Inti Raymi (el Sol) en pos de conseguir su beneplácito y protección sobre la comunidad indígena comenzaba el mismo día en que nacía algún niño que se pudiera considerar digno de ser ofrendado a las deidades andinas. Ya se predisponía la familia a criarlo de la mejor manera, con buena educación, cultura, alimentación acorde y buena vestimenta.
El sacerdote Llullallaica Umu seleccionaba a futuro entre los niños mejor dotados, más sanos y bellos para ofrendarlos a los dioses, reportando de esta manera, bienestar a la comunidad y privilegios a la familia del sacrificado.
Una vez seleccionados los niños, se armaba una expedición, una caravana donde los niños son conducidos de la mejor manera al centro de ceremonias en la plaza central de la sagrada ciudad de Cuzco, residencia del Inti Raymi.
Los tres niños recorrieron el camino incaico rumbo a Cuzco, ricamente ataviados con tejidos de vicuña y llama, acompañados de un cortejo de funcionarios y religiosos locales. Como pocas veces lo hacían, los pobladores tomaron la sólida senda que partía de los valles, para ascender hasta las altas cumbres nevadas.
Emprendían un largo viaje acompañados por su familia que velaban en todo el recorrido por el bienestar de los niños y su buena alimentación.
Arribados al centro de Cuzco, según el ceremonial dictaba, ataviados con ropaje y ajuar nupcial, daban varias vueltas alrededor de la plaza simulando una ceremonia de matrimonio entre los niños y el Inti, adquiriendo de esta manera divinidad.
Una vez consagrados, los niños, sus familias y toda la caravana emprendía el viaje de regreso a sus tierras para que estas criaturas vírgenes, bien dotadas y sacras fueran ofrendadas en lo alto de la montaña al Inti en un sueño eterno.
Los sacerdotes y sus ayudantes abrían la marcha, junto a las llamas que cargaban las cerámicas, la comida y las ofrendas rituales. Detrás venían los campesinos, adultos y jóvenes, cantando y danzando, orgullosos de ser los elegidos por sus deidades para ofrendar a sus hijos más bellos y puros.
Al atardecer hacían un alto en el campamento base, cerca de los cinco mil metros de altura, donde guardaban las llamas en los corrales de piedras. Luego encendían los fuegos y ofrendaban la coca y la chicha a la Pachamama y a la "huaca" en las apachetas construidas sobre las estructuras de piedra.
Huaca, en idioma quechua, tiene el significado de un lugar sagrado, un templo, un adoratorio sobre el sendero de un ceque que podía ser manantial, cueva, roca, chullpa o entierro, casa real, o simplemente cerro como es este caso. Del centro religioso de Cuzco partían en todas direcciones unas líneas imaginarias que alineaban una sucesión de huacas y adoratorios. A estas líneas se les conocía por el nombre de ceque.
Al amanecer, el nutrido y orgulloso cortejo partía hacia el Llullaillaco. El progreso de la marcha era lento, no sólo por el enrarecimiento del aire, sino por la fatiga natural provocada por el acarreo de los niños. A la mañana siguiente, los sacerdotes, los funcionarios de rango y los pequeños llegaban hasta la construcción de piedra y paja, casi en la cumbre pétrea que dominaba las alturas. Los sacerdotes preparaban las últimas ofrendas de comida, bebida y adornos. Los niños hacían su última comida ritual. Los estudios arqueológicos determinan que los niños recibían buena alimentación y mucha chicha sagrada hasta último momento, la misma que tomaba el Inca, mezclada con hierbas narcóticas. Los chicos, atontados por la bebida, la droga y la falta de oxígeno, estarían algo asustados, pero a la vez, se sentían honrados por haber sido elegidos para los dioses. Sus familias y la comunidad que los albergaba en los ayllus los habían preparado para este evento a tanta distancia del ombligo del mundo, el Cuzco, la tierra del inca soberano, el representante de Inti. Para todos ellos sus niños tenían el alto honor de viajar a la casa de los ancestros, serían intermediarios entre la comunidad y los dioses, y ellos mismos serían divinizados y consagrarían la montaña para que siempre los protegiera. Ya estaban adormecidos cuando fueron suavemente colocados en sus últimas moradas terrestres, excavadas anteriormente, a modo de cisterna seca. Se los colocaba en la misma posición fetal en la que se encontraban antes de venir a este mundo, y así se sumergían en el sueño eterno “garantizando” el bienestar de la comunidad. El rostro de uno de ellos se dirigía hacia el Norte, donde la "huaca" del Socompa vigilaba el cielo. El otro pequeño miraba hacia el mar, en tanto que el último tenía sus ojos cerrados mirando al Sur, donde vive la muerte. Se los cubría con las joyas sagradas, y se los envolvía en las finas vestimentas y mantas tejidas por las mujeres del inca, en el Cuzco. Sobre éstas, tejidos más gruesos de lana, hasta cubrirlos totalmente. Alrededor de los pequeños se colocaban los utensilios, adornos y granos para que surcasen el más allá sin sobresaltos. Algunas de las estatuillas, ricamente decoradas, serían sus juguetes cósmicos. Luego, una a una, con cuidado sagrado, las fosas eran cubiertas con piedras; se formaba un hito con el cúmulo de piedras y finalmente con la nieve.
La ceremonia incaica, la capacocha (capac hucha) terminaba de esta manera.
La "huaca" estaba consagrada, con la ofrenda de los niños a Inti y la Pachamama.
Los padres y toda la caravana emprendían el descenso hacia su pueblo para continuar los progenitores una vida privilegiada como nuevos miembros nobles de la corte del dios Sol.
"...decía la muchacha acaben ya conmigo que para fiestas (sic) bastan las que en el Cuzco me hicieron; lleváronla a un alto cerro, remate de las tierras del Inga, y hecho el depósito la bajaron a él y emparedaron viva". (Hernández Príncipe, 1601).
"...concluido con la fiesta, llevaban las capacochas que cabía al Cuzco a la huaca de Huanacauri o a la casa del sol, y adormeciéndola, la bajaban a una cisterna sin agua, y abajo en un lado hecho depósito, la emparedaban viva, adormecida... Las demás mandaba el Inga se llevasen a sus tierras y hiciesen lo mismo de estas, privilegiando a sus padres y haciéndoles gobernadores y que hubiesen sacerdotes para que la ministrasen para la adoración que le hacían cada año, sirviendo esta capacocha de guarda y custodia de toda la provincia." (Hernández Príncipe, en Silverblatt, 1990)
Estas citas de Hernández Príncipe, un sacerdote extirpador de idolatrías de la época de la colonia, son bastante ilustrativas y está referida a la historia de Tanta Carhua, una joven doncella (elegida, virgen del Sol, mujeres especialmente preparadas para casarse con el Inca o cumplir otros roles sociales jerárquicos del sistema político imperial, incluido el de ser ofrendadas en honor al Sol-Inca) que fue sacrificada (enterrada viva) en lo alto de una montaña con motivo de la fiesta de la Capacoha o fiesta de los sacrificados, la cual se celebraba en el Cuzco durante la conmemoración estatal incaica en honor al Sol, o sea el Inti Raymi.
Los estudios sobre los niños del Llullaillaco nos acercan bastante a una posible analogía con estos hechos. Se sabe a través de la Historia Comparada de las Religiones, que las personas sacrificadas eran seres "elegidos" como ofrendas para el mundo de los dioses, o bien como mensajeros para el "Más Allá", de allí que estén provistos de alimentos calzados y prendas para el "viaje celestial".
Veamos entonces cómo era la ceremonia de la capacocha o capac-hucha. Las acclla-capacochas viajaban centenares de kilómetros con destino al Cuzco y representaban a cada una de los cuatro suyus o "provincias" que conformaban el Tahuantinsuyu. Transitaban por los sólidos caminos construidos por el vasto imperio, acompañadas de las huacas (ídolos o dioses adorados) más importantes de su tierra natal, integraban además la cohorte los curacas y representantes más notables (políticos y religiosos) de las provincias conquistadas. Una vez en el Cuzco, las acllas adoraban al Sol, al Rayo y las momias de la dinastía real que eran los principales dioses. Algunas acllas eran sacrificadas allí en honor al Sol, el resto, una vez concluidos los rituales políticos-religiosos, emprendían la retirada rumbo a su lugar de origen, donde finalmente, y en el marco de una gran celebración regional, sus vidas eran cedidas al astro rey.
Tanta Carhua, vestida como una reina ascendió junto a su séquito hasta lo alto de la montaña, allí la esperaba su última morada. Fue adormecida con una bebida especial para la ocasión -tal vez con alcohol de chicha con otra sustancia- y depositada en su gélido mausoleo de roca junto a un suntuoso ajuar. Una vez sellado el sepulcro y realizados todos los rituales a la usanza cuzqueña, los participantes de esta trascendental ceremonia descendían hasta sus respectivos lugares de origen. Caque Poma, el padre de Tanta Carhua, por haber concedido su única y pequeña hija al Sol fue agraciado por el Inga, y por ello ascendido a una mayor jerarquía, papel que era extensivo para su gente y descendientes futuros. Por su parte, Tanta Carhua, en su elevado y gélido santuario se deificó, transformándose en una huaca digna de veneración y sublime respeto, que protegía y custodiaba a toda la provincia y su vulgo.
Desde ese momento la montaña ya no fue la misma de antes, se sacralizó, quedó impregnada de un gran significado religioso, social y político, sus fuerzas se magnificaron y los beneficios redundaron en toda la población que la tenía como huaca.

¿Por qué en la cumbre de una montaña?
Las montañas fueron y son veneradas por muchas culturas en el mundo entero. Breve y vulgarmente podemos decir que se está más cerca del cielo, donde por lo general es la morada de los dioses. Pero profundicemos un poco sobre este tema, nuevamente teniendo en cuenta la Historia Comparada de las Religiones. Los hombres, independientemente del lugar geográfico, organizan su espacio, lo consagran, lo cargan de significado. Elementos naturales, acorde a las necesidades del momento, cobran mayor o menor relevancia, se crea una distinción entre lugares comunes, "profanos", diarios; y lugares "sagrados", únicos, mágicos, de uso ocasional-especial. Entonces apreciamos que un objeto sufre una transformación sin dejar de ser él mismo ya que continúa interactuando en la naturaleza (Elíade, 1994).
Una montaña -como el ejemplo de Tanta Carhua o el mismo Llullaillaco- se sacraliza y sigue siendo una montaña, nada aparentemente la diferencia de las demás. Pero, para quienes la sacralizaron, su realidad de montaña se transmuta en realidad sobrenatural, dejando de ser lo que era y cobrando un simbolismo particular. Ya no está en el caos del universo, está marcando un punto fijo, un lugar en el espacio. Esta creación social del espacio es una constante en las diferentes culturas, quienes crean y recrean el "Centro del Mundo", traspolando y reproduciendo este modelo o imagen de mundo ideal en diferentes escalas y lugares.
En esta organización o recreación del centro del mundo existen elementos que vinculan lo celestial con lo terrenal, "lo sagrado con lo profano" (Elíade, op. cit.). Uno de estos elementos es justamente la montaña, tratándose de un fenómeno mas generalizado de lo que se suele pensar, ya que casi todas las regiones montañosas del mundo, poseen picos sagrados que son venerados a través del tiempo.
La idea generalizada parece ser que, señalan el punto mas alto del mundo (el mundo de cada cultura, el centro del mundo); en ese punto elevado se está mas cerca de los elementos adorados (sol, luna, rayos, arco iris, nubes, etc..); desde allí se tiene otra visión y perspectiva, impensada para la gente del llano. Ascender, significa trasladarse a otro nivel, estar en otro plano (no solo geográfico, sino también simbólico), penetrar en una especie de "región pura" o "sagrada" que trasciende al mundo profano. Estos lugares se transforman en "santuarios" o "puertas de los cielos", lugares de tránsito entre el cielo y la tierra, donde el espacio y el tiempo se sacralizan.
En su calidad de posibles mensajeros de los dioses, estos niños sacrificados en una de las cumbres más elevadas de los Andes, se encuentran en el punto ideal de partida para el encuentro con los dioses.
El culto a las montañas fue denominado "El fundamento principal de la cultura andina", al proporcionar una unidad cultural subyacente a los pueblos andinos (Bastien 1978). Su antigüedad es obvia, ya que los rasgos básicos del culto a las montañas se han encontrado a través de todos los Andes, fue señalado en las fuentes históricas más tempranas y en las leyendas, está basado en sólidas observaciones ecológicas y se ha mantenido hasta el día de hoy con muy pocos cambios a pesar del proselitismo Cristiano.
Los descubrimientos relacionados con el culto a las montañas han probado ser aplicables también a antiguos centros ceremoniales ubicados en el llano" (Reinhard 1983).

Origen de los niños consagrados
Los estudios de ADN que se realizaron indican que entre los niños no hay relación de parentesco. Simplemente fueron seleccionados los más dotados, los más bellos, de familias también seleccionadas, para que respondan a los exigentes cánones requeridos para los postulados a ser consagrados y sacrificados. A esto se le suma una esmerada alimentación y vestimenta con su correspondiente ajuar para marcar la distinción de estos niños que serían protagonistas del ceremonial.
Todos los objetos que formaban parte del ajuar funerario pertenecen a la nobleza Inca, esto hace pensar que la procedencia de los niños haya sido la capital del Imperio incaico en el Perú. Cabe la posibilidad que se hayan trasladado desde su lugar de origen hacia el Cuzco para la celebración de la Capacocha y regresado para ser sacrificados en la cima del volcán.
Se puede apreciar un textil de brillantes colores, combinando el rojo, azul, verde y amarillo, en diferentes formas y figuras geométricas típicamente incaicas y que el autor del artículo se refiriera a tales motivos como la "clave Inca", donde hay información registrada. Este unku (especie de camisa sin mangas) que se encontraba sobre el hombro de la niña mayor parece provenir, o por lo menos tener relación con los grupos de la costa peruana, ya que un textil idéntico (unku) fue hallado en la costa central del Perú y fechado entre 1500-1534 d.c., el que seguramente perteneció a algún alto dignatario del Inca. Posiblemente ese sea el lugar de origen de uno de los niños.
En el ajuar funerario se encontraron textiles, estatuillas, keros (vasos de madera grabada), plumas, platos pato y otros elementos.

¿Qué es una momia?
Según la escueta definición del diccionario, se trata de "un cadáver que se deseca sin entrar en putrefacción”. En el diccionario inglés se precisa un poco más (refiriéndose a la palabra "mummy"), al decir que se trata de "un cuerpo animal o humano desecado por exposición al sol o al aire; también aplicado a un cadáver congelado, conservado en hielo prehistórico".
El proceso de momificación puede darse, pues, tanto en forma natural como artificial; el segundo caso corresponde a pueblos prehistóricos como los recolectores y pescadores de la costa norte de Chile, entre unos 5.000 y 2.000 a. C., así como históricos, siendo el caso más conocido de éstos el de los antiguos egipcios. Esto respondía a creencias religiosas.
Se sabe que los Incas practicaban la momificación de sus soberanos. Sentado en cuclillas sobre palanquines, eran llevados en procesión una vez al año por la ciudad de Cuzco. En el caso de las momias de altura -como la del Aconcagua- (y las del Llullaillaco), los factores que llevaron a su conservación han sido el frío y la sequedad del aire. Si bien se trata de momias naturales, no hay dudas de quienes practicaban estas ceremonias conocían perfectamente este proceso, y su ubicación en alturas de más de 5.000 metros respondía al deseo de conservación de este cuerpo, convertido -por la acción ritual del sacrificio humano- en huaca, es decir, en objeto y lugar sagrados.

Para que un cuerpo se momifique en forma natural es necesario que se evapore (rápidamente) el agua contenida en sus tejidos, hecho que permite que los órganos conserven su forma original. Al estar privados de agua, los gérmenes responsables de los procesos de putrefacción se ven prácticamente imposibilitados de actuar, razón por la cual estos cuerpos momificados se mantienen casi idénticos durante mucho tiempo, siempre y cuando se conserven las condiciones citadas. El mayor o menor grado de conservación de los cuerpos responde a una serie de características intrínsecas y extrínsecas, por lo que no existe una regla única o un patrón que se cumpla exactamente en todos los casos. Para graficar lo antedicho, cada montaña o lugar donde se produjo el proceso de momificación natural tiene características únicas e irrepetibles, dependiendo de la humedad, temperatura, cantidad y tipo de precipitaciones, vientos, altura sobre el nivel del mar, salinidad, condiciones químicas del terreno, y muchas otras más, sin tener en cuenta las intrínsecas que son más complejas aún.
La momificación natural comienza en las partes expuestas del cuerpo, tales como la cara, manos y pies, extendiéndose luego, sucesivamente al resto del cadáver, incluso los órganos internos. Conforme se van afectando las partes, se observa cómo se encogen y toman un color pardo, desde el pardo claro hasta el negro, lo que depende de que los tejidos estén anémicos o congestionados. Por la contracción de la piel, algunas de las células adiposas del tejido subcutáneo estallan y la grasa líquida es forzada en el tejido dérmico, que se hace más o menos traslúcido. El globo ocular pierde su turgencia y, por tanto, su forma redondeada, haciéndose fláccido. Los órganos internos se hacen duros, se encogen de tamaño y toman igualmente una coloración pardo-oscura a negra. Todo el cuerpo disminuye su volumen, pierde peso y se hace tieso y quebradizo; si el cadáver momificado no está protegido puede quedar preservado durante muchos años. La totalidad del proceso de momificación tiene lugar en un período de uno a doce meses, lo que depende de las condiciones ambientales y del volumen corporal; el período más corto estudiado hasta el momento para un adulto ha sido de diecisiete días.
En América precolombina -en lo que a procesos de momificación se refiere- existió una difundida tradición, con raíces temporales muy profundas. Pensemos solamente en las momias Chinchorro del árido norte chileno, las cuales son por lejos (2.000 años aprox.) más antiguas que las egipcias y con técnicas de momificación artificial nada envidiables. Se sabe que los Incas rendían culto a sus difuntos, quienes eran momificados artificialmente y cuidados como si estuviesen vivos en las Panacas. Conocían a la perfección las diferentes técnicas aplicables para la conservación de los cuerpos. Las momias halladas en las altas cumbres andinas presentaban un buen estado de conservación a pesar de ignorar toda una tradición muy antigua y difundida entre los pueblos andinos. Aún así, no ignoraron lo principal: todo el ritual ceremonioso de “casamiento”, la manera de que niños dotados y selectos sean partícipes de un rito por el cual devenían en deidad y endiosaban toda una montaña reportando dicha a toda una comunidad al mismo tiempo.

Pasado, presente y futuro de los hallazgos de momias en los Andes
Los descubrimientos de cuerpos congelados y sus santuarios de altamontaña se producen desde hace un siglo, pero en los últimos cinco años, dejaron de ser "hallazgos" casuales de montañistas o baqueanos, para convertirse en hallazgos causales dirigidos por arqueólogos profesionales con fuertes financiaciones.
Salta es la provincia argentina que posee la mayor cantidad de cuerpos congelados, (mal consideradas momias) rescatadas de las altas cumbres, sumando un total de seis cuerpos sobre ocho existentes en el país.
El primer hallazgo de momias de altura se produjo en 1905, sobre la cima del nevado de Chañi a 5.900 metros de altura (límite entre Salta y Jujuy). Una expedición dirigida por el Teniente Coronel E. Pérez, retiró de la cumbre el cuerpo conservado de una criatura de unos cinco años de edad, envuelta en varias mantas de vivos colores y algunos objetos de cerámica y madera que formaban parte del ajuar funerario. Esta momia fue donada al Museo Etnográfico de Buenos Aires, donde permanece hasta la actualidad.
Entre 1920 y 1922, de las altos cerros de Cafayate, al sur de la provincia de Salta, se extrajo de una de las cumbres del cerro Chuscha (5.100 metros), el cuerpo crío-conservado de una niña con un vasto ajuar funerario. Fuen entonces llamada, por el profesor Amadeo Sirolli, la Momia de los Quilmes. Se le perdió el rastro durante varias décadas "desaparecida", hasta que fue vista nuevamente en un museo privado de la localidad de Martínez en la provincia de Buenos Aires, donde es exhibida en la actualidad.
En 1974, Antonio Beorchia Nigris, Director del Centro de Investigaciones Arqueológicas de Alta Montaña de San Juan (Ciadam), descubre a pocos metros de la cima del volcán Quehuar, a 6.100 metros de altura y en el interior de una gran estructura, el cuerpo “momificado” de un niño. Intenta recuperarlo del duro y congelado suelo sin tener éxito. Años después buscadores y saqueadores de tesoros dinamitaron el sitio y destruyeron gran parte del cuerpo. En 1999, la expedición dirigida por el doctor Johan Reinhard de EE.UU., el arqueólogo peruano José Antonio Chávez, y la arqueóloga argentina María Constanza Ceruti, quienes junto a un equipo de estudiantes de arqueología peruanos y argentinos rescataron parte del cuerpo que había sido profanado violentamente. El mismo está siendo conservado en un freezer para futuras investigaciones.
Finalmente en 1999 el equipo del Dr. Johan Reinhard, co-dirigido por la Lic. María C. Ceruti, ubicó y rescató de la cima del volcán Llullaillaco, a 6.730 metros de altura, tres cuerpos de niños congelados con un hermoso y rico ajuar funerario que no había sido profanado. El excelente estado de conservación de los mismos indica que estas son las más importantes en este sentido, los estudios que se realizarán arrojarán mucha y valiosa información sobre nuestros antepasados americanos.

El siguiente listado es una cronología de los descubrimientos de otros cuerpos que recibieron ceremoniosamente sacramentaron cerros de la cordillera de los Andes en nuestro país, según la cosmogonía indígena:
1905: Chañi, en Salta-Jujuy/Argentina.
1922: Chuscha, en Salta/Argentina.
1964: El Toro, en San Juan/Argentina, descubierto por el Dr. Juan Schobinger.
1974: Quehuar, en Salta/Argentina. Dinamitado/Extraído en 1999
1985: Aconcagua, en Mendoza/Argentina, descubierto por el Dr. Juan Schobinger.
1999: Llullaillaco, en Salta/Argentina. Tres cuerpos Reinhard-Ceruti.

En Perú y en Chile hubo hallazgos similares. Durante un siglo se encontraron en total 25 cuerpos sometidos a ceremoniales exequiales en 14 montañas, 6 argentinas, 6 peruanas y 2 chilenas. De las catorce excavaciones, sólo seis fueron dirigidas por profesionales.
Muchas de las expediciones fueron financiadas por la revista National Geographic, con una tirada de millones de ejemplares, distribuidos en varios idiomas por todo el mundo.
Hasta 1985 los hallazgos fueron fortuitos y las intervenciones de los arqueólogos (1964 y 1985: Dr. Schobinger) se realizaron siguiendo las técnicas de “Arqueología de Rescate”, donde de manera expeditiva se extraen los objetos arqueológicos de su contexto, registrando con el mayor grado de detalle posible la información de la excavación.
Luego se adoptó la "Arqueología de Rescate Preventivo", donde se intenta rescatar los objetos arqueológicos en su contexto original, antes que saqueadores los destruyan. La actividad de los saqueadores o huaqueros no tiene descanso ni mayores impedimentos.

4 comentarios:

  1. si yo estuve en el museo de alta montaña en Salta donde estan expuestas las momias ahi cuentan todo lo anterior, es muy interesante para visitar

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  2. Fantástico informe, como todo lo que escribís. Alucinante.

    Te sigo siempre.
    Cariños
    Roxana Padua.

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  3. Más!
    http://www.pulzo.com/mundo/285506-momia-de-monje-tiene-alrededor-de-200-anos-y-no-esta-muerto-dicen-los-budistas

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