Íconos y templos, arte sagrado



Lic. Tamara Le Gorlois

A menudo, la simbología en el orden teológico no hace más que expresar la simbología del orden cosmológico por una realidad y necesidad histórica: por una cuestión de supervivencia, en sus orígenes, los paleocristianos debieron absorber símbolos de cánones universales del arte sagrado deducidos de los conceptos metafísicos o cosmológicos.

La tradición cuenta que los primeros íconos con imágenes de Jesús, la Virgen, santos y ángeles han sido pintados a partir de imágenes “aquiropoietas” (no concebidas por la mano del hombre), como por ejemplo el Mandilyon (vocablo que en griego y en árabe significa “mandil”), también llamado Tetradiplon (en griego, “doblado cuatro veces”, tomando forma de mandil). El Mandilyon es una reliquia cristiana, lienzo rectangular en la que se habría impreso milagrosamente el rostro de Jesús cuando la Verónica enjugó su rostro en el camino del Calvario, convirtiéndose en el primer icono del Cristianismo.

Muchos de estos íconos expresan imágenes religiosas, teológicas, pero no dejan de hacer eco a su vez de símbolos de la Tradición, porque en efecto, los símbolos teológicos no son muy a menudo comprensibles sino por referencia a símbolos cosmológicos que le son subyacentes y que los fundamentan. En otras palabras, el hombre, inmerso en el mundo sensible, ha de llegar a lo divino a través del arte. Esto explica la presencia de un sinnúmero de símbolos de interpretación cosmológica dentro de templos de todo tipo, especialmente en las iglesias católicas (Janus, las llaves de oro y plata, la virgen negra, la medialuna al pie de la Inmaculada Concepción, estrellas, cruces, triángulos refulgentes, pelícanos, conchas marinas, etc.), pero esa simbología no se limita a los mínimos detalles, sino que está presente hasta en la estructura misma del templo. Tanto las imágenes sagradas (íconos) como los edificios sagrados, no son más que una manifestación, en orden terrestre o humano (Microcosmos), del orden cósmico o divino (Macrocosmos), donde Dios cumple la función de Cosmocrator o Arquitecto del Universo.

Se manifiesta la existencia del arquetipo celeste, por ejemplo, en las revelaciones del Castillo interior presentadas a santa Teresa de Ávila.
Otro ejemplo es el de Besalel y Oliab, arquitectos del Arca de la Alianza, a quienes Dios “los había llenado de un espíritu de sabiduría. De inteligencia y de ciencia para toda suerte de obras, para proyectar todo lo que puede hacerse” (Éx. 35, 34).

Son numerosos los santuarios de las “antiguas religiones cósmicas” (principalmente de la cuenca Mediterránea y del Cercano Oriente) que nos han legado la inefable expresión (y por lo tanto simbólica) de la presencia divina en la tierra.
«Cuando afirmó los cielos, allí estaba yo (la Sabiduría); cuando trazó un círculo sobre la faz del abismo... yo estaba junto a Él como aprendiz”. (Proverbios, 8, 27). Es la Sabiduría quien “ha edificado su casa, ha tallado sus siete columnas” (Prov. 9,1).

Las palabras del Gran Arquitecto se expresan en el libro de Job 38, 4-6: «¿Dónde estabas cuando yo cimentaba la tierra? [...] ¿Quién determinó, si lo sabes, sus medidas? ¿Quién tendió sobre ella el nivel? ¿Sobre qué descansan sus pilotes o quién asentó su piedra angular?...». Luego, Jesucristo se reconocería como la piedra angular mencionada en el Salmo 117: «¿No habéis leído nunca en las Escrituras: la piedra que los edificadores habían rechazado, ésa fue hecha cabeza angular?» (Mateo 21, 42).

Templos como el de Salomón, arquetipo de la arquitectura sagrada, no se han concebido desde la inspiración personal del arquitecto Hiram Abif, sino por mandato del Supremo: “Me harán un santuario y Yo habitaré en medio de ellos. Lo harán conforme a todo lo que voy a mostrar como modelo de tabernáculo y de todos sus utensilios…” (Éx. 25, 8-9).
En el primer libro de los Reyes se describen las instrucciones dadas por Dios a David, y que este transmitió a su vez a su hijo Salomón para erigir el templo conforme al «modelo de todas las cosas que le habían sido inspiradas por el Espíritu que estaba con él» (I Reyes 5,18; 8,18...).
Y así Dios aparece como arquitecto de la Ciudad Santa de Jerusalén, donde la Jerusalén Terrenal es a semejanza de la Jerusalén Celestial, porque “Como es arriba, es abajo”: «Dios es quien edifica Jerusalén» (Sal. 146); «Asentada sobre cimientos eternos de la que Dios es arquitecto y constructor» (San Pablo, Heb. 11, 9-10).
La forma cuadrada de la Jerusalén Celeste (que la distingue del paraíso terrenal, generalmente representado en forma redonda, que no es otra cosa que el corte horizontal del “Huevo del Mundo”, forma esférica universal y primordial) cuyas dimensiones son proyectadas por un ángel arquitecto mediante una caña de oro (Apoc. 21) está directamente relacionada con la operación de la “cuadratura del círculo” (transformación del círculo en cuadrado y cuadrado en círculo).

Las proporciones áureas del templo de Jerusalén son reveladas por Dios a Ezequiel mediante una visión en la que aparecen “una cuerda de lino y una vara de medir” (Ezequiel, 40, 3) para que pueda construir «según el modelo del santo tabernáculo que Tú habías preparado desde el comienzo».

El Templo de Salomón guardó así todo su lenguaje simbólico expresado en la belleza de las formas, que según Platón: “No es lo que el vulgo entiende generalmente por este nombre, como por ejemplo la de los cuerpos vivos o su reproducción, sino que es lo rectilíneo y circular, hecho por medio del compás, el cordel y la escuadra… Y estas formas no son, como las demás, bellas en determinadas condiciones, sino que son siempre bellas en sí mismas” (Filebo 51 C).
Toda esta belleza, armonía divina, no es más que el producto de la sabiduría y la fuerza del arquitecto hacedor del Universo.

Fuentes:
  • Diccionario de la Santa Biblia. W. W. Rand. EE.UU.
  • Diccionario de los símbolos. Jean Chevalier, Alain Gheerbrant. España, 2009.
  • El mundo del ícono desde los orígenes hasta la caída de Bizancio. Elka Bakalova, Gaetano Passarellli, Sreten Petkovic, Anca Vasiliu, Tania Velmans, Panayotis L. Vocotopoulos. Madrid, 2003.
  • El reino de la cantidad y los signos de los tiempos (Capítulo XX, De la esfera al cubo). René Guénon. Barcelona, 1997.
  • Essai sur la Theologie de l’Icone Dans l’Eglise Orthodoxe I. Paris, 1960.
  • Heráldica, simbolismo y usos tradicionales de las corporaciones de Oficio; las marcas de canteros. Javier Alvarado Planas. Madrid, 2009
  • Introducción al mundo de los símbolos. Champeaux Gérard de. Barcelona, 1966.
  • Le Symbolisme du Temple Chrétien. Jean Hani. Paris, 1978.
Imagen: Comentario al Apocalipsis por el monje asturiano Beato de Liébana (siglo VIII); representación de la Jerusalén Celestial con las doce puertas, orientadas, de tres en tres, hacia cada punto cardinal.

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