¿Cuántos Euristeos nos han gobernado, escondidos dentro de un tupper, impartiendo órdenes a través de obsecuentes que evocan el estiércol? ¿Qué tiene que ver todo esto con el camino del héroe?

Al igual que Heracles —Hércules para los romanos—, todos nacemos con características humanas y divinas (nuestros dones y potencial ético a descubrir). De ahí en más, la vida está llena de escollos que a menudo son impuestos por mediocres que circunstancialmente ejercen el poder.
El viaje del héroe, entendido como ese proceso de transformación y sublimación que todos deberíamos trabajar, aparece representado en infinidad de culturas. Sin embargo, creo que nadie expresó esta tragicomedia de manera más elocuente que los propios griegos.
Invito a repasar esta historia para reírnos —por no llorar—, y si algo de ella resuena con la vida real, obviamente, no es casualidad…
Euristeo era nieto de Perseo, el mítico héroe que decapitó a Medusa y fundó la ciudad de Micenas. Por su linaje, Euristeo poseía derechos legítimos sobre el trono de la Argólida (Grecia). Sin embargo, lo extraordinario de su historia no fue su ascendencia, sino la maniobra divina que determinó su nacimiento y destino.
Hera, esposa de Zeus, perseguía con profundo odio a todos los hijos que el dios engendraba fuera de su matrimonio. Entre ellos, ninguno parecía tan amenazante como Heracles. Concebido por Zeus y la mortal Alcmena, aquel niño estaba destinado a poseer una fuerza y gloria extraordinaria y convertirse en uno de los favoritos de su padre.
Hera no podía acabar directamente con el bastardo, pues incluso los dioses estaban sujetos a ciertas leyes y límites dentro del orden olímpico. Pero sí podía intervenir de manera indirecta. Recurrió entonces a Ilitía, la diosa de los nacimientos, y consiguió que el parto de Euristeo se adelantara mientras el alumbramiento de Heracles era retrasado.
La diferencia fue de unas pocas horas, pero lo suficiente para cambiar el curso de sus vidas.
Zeus había jurado que el primer descendiente de Perseo que naciera aquel día gobernaría sobre los demás. Convencido de que ese niño sería Heracles, no había previsto la manipulación de Hera.
Cuando Euristeo nació antes que Heracles, el juramento quedó sellado y Zeus no podía retractarse exponiéndose al descrédito de los demás dioses del Olimpo. Así, Euristeo recién nacido recibió el derecho al trono, mientras Heracles, destinado a convertirse en el mayor héroe de Grecia, quedó sometido a la autoridad de un hombre al que superaba en fuerza, valentía y grandeza.
El reino que Euristeo heredó no era insignificante. Micenas era uno de los centros más poderosos del mundo griego antiguo. Sus imponentes murallas ciclópeas, construidas con enormes bloques de piedra caliza de varias toneladas, causaban el asombro de los propios griegos que atribuían su construcción a los cíclopes, pues no podían creer que semejantes estructuras hubieran sido levantadas por manos humanas.
Situada en el nordeste del Peloponeso, Micenas controlaba importantes rutas comerciales entre el golfo de Corinto y el mar Egeo. Administraba tierras fértiles, dominaba territorios estratégicos y mantenía vínculos con otros centros relevantes. Los objetos de oro descubiertos en sus yacimientos arqueológicos, hoy llenan vitrinas de los museos. Gobernar Micenas, por lo tanto, significaba tener poder en uno de los reinos más ricos, prestigiosos e influyentes de la antigua Grecia.
Euristeo ocupó aquel trono y nadie podía discutir su legitimidad dinástica. Sin embargo, otra cuestión muy distinta fue su capacidad para gobernar.
La épica homérica exigía que los reyes combatieran en primera línea, lanza en mano, y que guiaran a sus hombres mediante el ejemplo. Asimismo, se esperaba de ellos que tomaran decisiones difíciles y afrontaran sus consecuencias con dignidad.
Euristeo demostraba todo lo contrario. En lugar de actuar por sí mismo, delegaba sus órdenes en intermediarios como Copreo cuyo nombre (del griego kópros) significa estiércol. En vez de enfrentarse abiertamente con Heracles, prefería mantenerse a distancia, escondiéndose dentro de una gran tinaja toda vez que el héroe regresaba de alguna de sus peligrosas hazañas.
Euristeo exigía trabajos peligrosos y los condicionaba a recursos mezquinos para invalidarlos. Por ejemplo, cuando Heracles derrotó a la hidra de Lerna, Euristeo impugnó la misión porque Yolao lo había ayudado a cauterizar los cuellos del monstruo.
Mediante recursos burocráticos, Euristeo invalidaba los esfuerzos del héroe. ¿Nos resulta familiar?
Lejos de empuñar un arma, Euristeo combatía mediante tecnicismos y obsecuentes dando órdenes desde su escondite.
Los griegos representaron la escena de la tinaja en numerosas vasijas de cerámica, donde la figura del rey asoma temerosamente desde el interior, mientras Heracles, frente a él, sostiene victorioso alguna criatura monstruosa.
La escena resulta caricaturesca: incluso frente a la tragedia, los antiguos griegos percibían su dimensión cómica.
Sin embargo, detrás de esa comicidad se oculta una cuestión mucho más profunda.
Euristeo poseía todos los elementos formales del poder: el trono, el linaje, el favor de Hera y el juramento de Zeus.
Heracles, en cambio, poseía la fuerza, el coraje, la resistencia y la capacidad de ejecutar acciones que ningún otro hombre podía realizar.
La autoridad legal se encontraba en Euristeo. La areté, entendida como excelencia y capacidad extraordinaria, residía en Heracles.
Plantea una pregunta que atraviesa los siglos: ¿qué otorga verdadera legitimidad a quien gobierna? ¿Un decreto divino, una herencia dinástica o la calidad de sus propios actos?
A no confundirse: Hera jamás sintió afecto por Euristeo: lo necesitaba, lo usaba. El odio hacia Heracles se intensificaba cada vez que el héroe sobrevivía a una nueva hazaña y acrecentaba su gloria.
El ciclo se cumplió prueba tras prueba: Hera inspiraba los encargos; Euristeo los ordenaba; Heracles partía para ejecutarlos y, durante el trayecto, la diosa agregaba más obstáculos.
Hera ya había enviado serpientes a su cuna cuando todavía era niño y lo siguió hostigando de mil maneras, logrando enloquecer a Heracles, quien perdió el control matando a su esposa e hijos. Cuando recuperó la razón y comprendió lo sucedido, quedó destruido por el dolor y la culpa.
Buscando purificación y una forma de expiar el crimen, acudió al oráculo de Delfos, considerado por los griegos el canal de la voluntad de Apolo y, en muchas ocasiones, también de Zeus. La respuesta que recibió lo castigaba y redimía al mismo tiempo: durante doce años debía ponerse al servicio de Euristeo y obedecer todos los encargos que el rey le impusiera. El oráculo estableció que la obediencia de Heracles sería recompensa con la inmortalidad, lo cual daba consuelo a Zeus.
Para Euristeo, esto resultaba una oportunidad tan extraordinaria como peligrosa. El guerrero más poderoso del mundo griego quedaba sometido a su autoridad. Podía enviarlo a combatir monstruos, recuperar objetos imposibles o viajar hasta los confines de la tierra.
Pero aquel mismo hombre, si perdía la paciencia, podía destruirlo con sus propias manos.
Durante doce años, Euristeo vivió atrapado por el miedo y la ambición, por lo que asignaba misiones pensadas en aumentar las posibilidades de que Heracles muriera en el intento.
Para Heracles implicaba pasar doce años obedeciendo a un hombre al que despreciaba, donde Hera introducía dificultades adicionales.
Hera estaba empecinada en prolongar el sufrimiento del héroe: un Heracles muerto ya no podía servir como instrumento de castigo contra Zeus. En cambio, un Heracles vivo, sometido a la voluntad de un rey débil y cobarde, constituía una ofensa permanente contra el padre de los dioses.
El primer gran encargo fue matar al león de Nemea.
La elección no había sido casual. La bestia aterrorizaba la región de Nemea, al norte de la Argólida, y poseía una piel invulnerable. Ningún arma de bronce, hierro o piedra podía atravesarla.
Euristeo confiaba en que aquel monstruo eliminara a Heracles. Pero se equivocó.
Al comprobar que sus armas resultaban inútiles, Heracles decidió luchar cuerpo a cuerpo y lo estranguló con sus propias manos.
Después demostró que su inteligencia estaba a la altura de su fuerza. Como ninguna hoja podía cortar la piel del león, utilizó las propias garras de la bestia para desollarla. Desde entonces vistió aquella piel como una armadura impenetrable y usó la cabeza del animal como yelmo.
Cuando regresó a Micenas con el cuerpo del león sobre los hombros, Euristeo comprendió la magnitud del hombre al que debía dar órdenes.
Preso del pánico, mandó fabricar una enorme tinaja de bronce, que hizo enterrar parcialmente en el suelo del palacio y comenzó a refugiarse dentro de ella cada vez que Heracles regresaba de una misión.
A partir de entonces se negó a recibirlo personalmente. Toda comunicación entre ambos comenzó a realizarse a través de Copreo, el heraldo real. Euristeo ya no quería ver a Heracles ni de lejos.
El nombre de Copreo es significativo: la palabra griega kópros significa estiércol. Estamos ante un heraldo que evoca el excremento, al servicio de un rey oculto dentro de una tinaja y encargado de transmitir órdenes al hombre más poderoso del mundo. Resulta difícil imaginar una cadena de mando más grotesca.
Los griegos, especialmente sensibles a los juegos de palabras y a la ironía de los nombres, no pasaban por alto esta asociación.
Después del león de Nemea, los encargos se volvieron cada vez más peligrosos.
Heracles debió enfrentarse a la hidra de Lerna, una serpiente monstruosa de múltiples cabezas. Cada vez que el héroe cortaba una de ellas, otras dos surgían en su lugar. Para derrotarla, Heracles combinó su fuerza con estrategia: pidió a su sobrino Yolao que cauterizara con fuego los cuellos cercenados para impedir que las cabezas volvieran a crecer.
Luego llegó la captura del jabalí de Erimanto. Euristeo no exigió que el animal fuera muerto, sino capturado vivo, lo que hacía la misión mucho más difícil. Heracles lo persiguió por montañas nevadas hasta agotarlo y finalmente reducirlo.
Cuando el héroe regresó llevando al enorme jabalí sobre sus hombros, Euristeo volvió a esconderse aterrorizado dentro de su tinaja.
La limpieza de los establos del rey Augías parecía una burla concebida para degradarlo. Los corrales no habían sido limpiados durante años y albergaban una cantidad inimaginable de estiércol. Euristeo ordenó que todo fuera saneado en un solo día.
Heracles desvió los cauces de los ríos Alfeo y Peneo, cuyas aguas atravesaron los establos y arrastraron toda la suciedad.
Después llegaron las aves del lago Estínfalo; el toro de Creta; las yeguas antropófagas de Diomedes, rey de Tracia; el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas; y el ganado de Gerión, custodiado en los límites occidentales del mundo conocido, más allá de las columnas que posteriormente recibirían el nombre de Hércules.
También debió obtener las manzanas doradas del jardín de las Hespérides, misión que negoció con el titán Atlas.
Finalmente, Euristeo le ordenó descender al Hades y capturar a Cerbero, el monstruoso perro encargado de custodiar la entrada al reino de los muertos. Heracles debía dominarlo sin utilizar armas y llevarlo vivo ante el rey.
La progresión de los encargos muestra con claridad la intención de Euristeo. Al principio envió a Heracles a combatir animales en la Argólida, luego lo obligó a viajar a tierras distantes, como Creta, Tracia y norte de África. Por último, le exigió atravesar límites y entrar en el mundo de los muertos.
Heracles murió por una túnica envenenada que le consumió el cuerpo causándole dolores insoportables. Finalmente, Heracles ordenó levantar una pira funeraria y se entregó a las llamas.
Su parte mortal fue destruida, pero su esencia divina ascendió al Olimpo, recibiendo la inmortalidad que Zeus había previsto para él desde el principio.
Euristeo podría haber considerado terminada su enemistad. Heracles había desaparecido del mundo de los mortales y ya no representaba una amenaza directa para su trono.
Pero no fue así.
El rey trasladó su obsesión a los hijos y descendientes del héroe, conocidos como los Heráclidas. Los persiguió por toda Grecia en forma enfermiza.
Los Heráclidas huyeron de una ciudad a otra buscando refugio. Nadie quería protegerlos, porque darles asilo significaba desafiar a Micenas y exponerse a una guerra contra Euristeo.
Finalmente, Atenas decidió recibirlos y el enfrentamiento fue inevitable.
Euristeo marchó contra la ciudad, pero fue derrotado y capturado.
Alcmena, madre de Heracles, había soportado durante décadas la persecución de Hera y Euristeo. Había visto a su hijo sometido, humillado, obligado a arriesgar la vida una y otra vez y, finalmente, había presenciado el acoso contra sus nietos.
Cuando Euristeo cayó prisionero, exigió que fuera ejecutado.
Su final fue violento.
La captura de Euristeo se produjo en las inmediaciones de las Rocas Escironianas, cerca del istmo de Corinto, lo que delata que el rey trató de huir. Esto encaja con la imagen que la tradición construyó de él. El mismo hombre que se ocultaba dentro de una tinaja cada vez que Heracles regresaba de una misión bien podría haber abandonado Micenas cuando la derrota se volvió inevitable.
Mientras Euristeo desaparecía, el legado de Heracles sobrevivía.
Durante generaciones, los Heráclidas reclamaron el dominio del Peloponeso. Estas luchas están relacionadas con el llamado retorno de los dorios, un episodio situado en el oscuro periodo de la historia del Egeo entre los siglos XII y X a. C.
La mitología griega nunca funcionó como una crónica oficial. Los relatos se transmitían oralmente y cada ciudad, poeta, santuario o celebración podía modificarlos de acuerdo con sus propias necesidades religiosas, políticas o territoriales.
La figura de Euristeo encierra una paradoja imposible de ignorar.
Sin sus órdenes, los doce trabajos de Heracles nunca habrían existido. Sin aquellas pruebas, el héroe no habría alcanzado la gloria universal ni habría recibido la inmortalidad prometida.
De manera involuntaria, el antagonista más cobarde de la tradición griega se convirtió en el arquitecto de la gesta heroica más famosa del mundo antiguo.
Esto no significa que sus acciones queden justificadas.
Euristeo recibió el poder y actuó con crueldad metódica, abusó de su autoridad y trató de destruir no solamente a Heracles, sino también a sus descendientes.
Cuando la suerte cambió, huyó o fue capturado como una presa.
Su muerte a manos de los Heráclidas cierra un ciclo que los antiguos griegos comprendían con claridad: la autoridad desprovista de justicia termina pagando un precio, aunque ese precio tarde años o generaciones en llegar.
Lic. Tamara Le Gorlois

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