El Partenón: de iglesia cristiana a mezquita

Pocos imaginan que el Partenón, símbolo de la Grecia clásica, tuvo durante siglos una vida completamente distinta. 

Durante casi mil años, el Partenón no fue solamente el gran templo de Atenea que hoy asociamos con la Grecia clásica. Con la expansión del cristianismo y la progresiva desaparición de los antiguos cultos paganos, el edificio se convirtió en una de las iglesias cristianas más importantes de Atenas.

El proceso comenzó durante la Antigüedad tardía, cuando el Imperio romano se había cristianizado y los antiguos cultos fueron perdiendo su función oficial. Entre finales del siglo V y comienzos del VI d. C., el Partenón fue transformado en una iglesia cristiana. Atenas formaba parte del Imperio romano de Oriente. Sus habitantes se consideraban romanos (luego fueron llamados “bizantinos” por los occidentales) y la iglesia fue dedicada a la Virgen María, conocida como Panagía Athiniótissa, es decir, la Santísima Virgen de Atenas.

El antiguo templo pagano estaba orientado de manera diferente a la requerida por la liturgia cristiana, por lo que su organización interior fue modificada. Se creó un ábside en el extremo oriental, mientras que se habilitó una nueva entrada hacia el oeste.

El espacio que antiguamente había albergado la monumental estatua criselefantina de Atenea Partenos, obra de Fidias, pasó a formar parte del santuario cristiano.

Sus muros interiores fueron decorados con pinturas cristianas, representaciones de santos y figuras religiosas, de las cuales sobrevivieron vestigios durante siglos.

Donde se había venerado a Atenea, protectora de la ciudad, comenzó a venerarse a María, también concebida como protectora de Atenas. El edificio conservó su condición de espacio dedicado a la figura femenina protectora, aunque dentro de un universo religioso completamente diferente.

Otros monumentos fueron igualmente adaptados, y el Partenón llegó a ser una iglesia de considerable importancia, incluso vinculada a la sede episcopal de Atenas.

Esto duró siglos. Después de la Cuarta Cruzada de 1204 y de la instalación de poderes occidentales en Grecia, el Partenón continuó siendo cristiano, pero pasó del ámbito ortodoxo bizantino al culto latino católico. La iglesia fue entonces conocida como Santa María de Atenas y recibió nuevas modificaciones, entre ellas una torre asociada al período franco.

Finalmente, tras la conquista de Atenas por el Imperio Otomano en 1458, fue transformado en mezquita y se le añadió un minarete desde el cual se llamaba a la oración, integrando así el antiguo monumento a la vida religiosa islámica de la ciudad.

El edificio se mantuvo entero hasta 1687, cuando, durante la Guerra de Morea, el ejército veneciano de Morosini sitió la Acrópolis. Los defensores otomanos se refugiaron dentro de la fortaleza y, pensando que nadie dispararía contra un edificio tan emblemático, almacenaron pólvora en el interior del Partenón.

La confianza resultó fatal. Un proyectil veneciano alcanzó el templo, la pólvora estalló y, en segundos, se perdió gran parte de lo que había permanecido en pie durante casi dos milenios. Esa decisión militar, basada en la suposición de que el símbolo sería respetado, explica la magnitud del desastre.

La explosión voló el techo, derribó columnas y lanzó bloques de mármol por los aires. La imagen fragmentada que tenemos hoy es consecuencia directa de aquel episodio. Las ilustraciones anteriores a 1687, como las de Jacques Carrey, permiten asomarse a ese Partenón otomano, tan diferente del que hoy conocemos.

Pero la destrucción y dispersión del monumento no terminaron allí. A comienzos del siglo XIX, cuando Atenas todavía se encontraba bajo dominio otomano, Thomas Bruce, séptimo conde de Elgin y embajador británico ante el Imperio Otomano, hizo retirar una gran cantidad de esculturas y elementos arquitectónicos de la Acrópolis. Entre 1801 y 1805, sus hombres desmontaron la mitad de las esculturas que aún sobrevivían en el Partenón, incluidas piezas del friso, las metopas y los frontones, que fueron trasladadas a Gran Bretaña y posteriormente adquiridas por el British Museum.

La forma en que Elgin obtuvo autorización para hacerlo continúa siendo objeto de una profunda controversia. El British Museum sostiene que actuó con permiso de las autoridades otomanas de la época, mientras que el Ministerio de Cultura de Grecia afirma que nunca existió una autorización del sultán que permitiera desmontar y retirar partes arquitectónicas del monumento. Algunas piezas fueron separadas utilizando sierras y palancas, provocando además daños en los bloques originales.

Aquellas esculturas, conocidas tradicionalmente como los Mármoles de Elgin, permanecen en su mayor parte en el British Museum de Londres, mientras Grecia reclama desde hace décadas su reunificación con las piezas conservadas en el Museo de la Acrópolis de Atenas. Hoy, las esculturas supervivientes del Partenón se encuentran dispersas en varios museos, aunque los dos conjuntos principales están en Atenas y Londres.

Cuadro de Jacques Carrey que representa Atenas, realizado en 1674. En aquel momento, el Partenón aún se conservaba intacto y contaba con su minarete, tras haber sido transformado de iglesia bizantina en mezquita. Durante el dominio otomano, la Acrópolis funcionó además como un barrio turco de la ciudad.

La imagen muestra un grabado histórico titulado "Vue d'Athénes dont une partie est cachée derniere la colline", publicado en 1674 por el viajero y erudito francés Jacob Spon en su obra Relation de l'état présent de la ville d'Athènes. La ilustración representa la Acrópolis de Atenas durante el período de dominación otomana, destacando el Partenón transformado en mezquita (etiquetado como "La grande mosquée" sobre la "citadelle"), las ruinas del Areópago, el Arco de Adriano y los restos del templo de Zeus Olímpico.

Lic. Tamara Le Gorlois

Delos

Delos está etimológicamente relacionado con δῆλος (dêlos), «visible, manifiesto, evidente». Es decir, el lugar donde nace Apolo, dios de la luz, lo que se hace visible, lo que se manifiesta.

Cuenta el mito que Leto era una titánide, hija de Ceo y Febe. Zeus se enamoró de ella y quedó embarazada de los gemelos Apolo y Artemisa. Cuando Hera se enteró, movida por unos celos terribles, la persiguió ferozmente. Leto vagó por el mundo buscando un lugar seguro donde dar a luz. Finalmente encontró refugio en Delos, que entonces era, según el mito, una isla flotante. Allí pudo dar a luz, y ese acontecimiento convirtió a Delos en un santuario sagrado.

La idea de la isla flotante pertenece al lenguaje mítico. En realidad, las islas del Egeo son formaciones rocosas y Delos, naturalmente, no flotaba. El relato puede interpretarse como una forma de expresar que la isla no pertenecía a ningún territorio estable ni estaba sometida a ninguna autoridad, hasta que, tras el nacimiento de los dioses, quedó fijada. Delos aparece así como un lugar fuera del orden ordinario del mundo, casi como un útero cósmico: un espacio inestable que se vuelve firme para acoger el nacimiento de lo divino.

Allí Leto dio a luz a Apolo y Artemisa, dos de las divinidades más representativas de la cultura griega.

En el mito, después de su nacimiento, la isla deja de flotar y queda definitivamente fijada. Simbólicamente, es como si el nacimiento de la luz, el orden y la naturaleza indómita transformara el caos en estabilidad, una idea profundamente vinculada con la concepción griega del cosmos, entendido precisamente como orden, armonía y belleza.

Apolo estaba asociado con la luz, la música, la poesía, la profecía, la medicina y el orden. Con el tiempo también fue identificado con el Sol, aunque el dios solar propiamente dicho en la tradición griega más antigua era Helios. Artemisa, por su parte, estaba vinculada con la naturaleza salvaje, la caza, la protección de su virginidad y de los jóvenes y de las mujeres durante el parto; posteriormente también adquirió una fuerte asociación con la Luna, originalmente personificada por Selene.

Ambos eran arqueros. El arco y la flecha pueden entenderse simbólicamente como instrumentos del alcance y de la capacidad de ejercer una acción a distancia. Tanto Apolo como Artemisa eran representados como arqueros extraordinariamente certeros. En Apolo, la flecha puede vincularse simbólicamente con la precisión, la luz y una acción que alcanza su objetivo desde lejos; en Artemisa adquiere un carácter más directamente relacionado con la caza y con el dominio de la naturaleza salvaje.

Lic. Tamara Le Gorlois

Haya paz

La escultura de Eirene (Irene, Ειρήνη), diosa griega de la paz, sosteniendo en sus brazos al niño Ploutos (Pluto, Πλοῦτος), dios de la riqueza y la abundancia, constituye una poderosa alegoría: la Paz aparece como madre y protectora de la riqueza floreciente.
La obra que se conserva es una copia romana en mármol, de aproximadamente 201 cm de altura, realizada a partir de la célebre estatua creada por el escultor griego Cefisódoto el Viejo hacia el 370 a. C. para el Ágora de Atenas. La composición presenta a Eirene cuidando amorosamente al pequeño Ploutos y expresa una idea política y filosófica de enorme fuerza: la prosperidad, la riqueza, la abundancia solo puede crecer allí donde reina la paz.
La riqueza no aparece conquistada por la fuerza ni el poder, sino como un niño que nace, crece y necesita ser protegido por la Paz.
Resulta sugestivo que el actual nombre de la isla Santorini esté también vinculado con Irene. En la Antigüedad, la isla fue conocida como Strongýlē (Στρογγύλη, “la redonda”), Kallístē (Καλλίστη, “la más bella”) y Thēra (Θήρα). Siglos después, ya en época cristiana, una iglesia dedicada a Santa Irene —en griego, Agía Eiríni (Αγία Ειρήνη), literalmente “Santa Paz”— dio origen al nombre medieval de la isla. La denominación Santorini, aparece documentada desde mediados del siglo XII y se consolidó durante el dominio veneciano posterior a 1204, transformándose Santa Irini en Santorini.
De este modo, aunque no se trate de una continuidad directa con el culto pagano de la diosa Eirene, el nombre encierra una llamativa superposición simbólica: la antigua Εἰρήνη, personificación griega de la Paz, y la cristiana Αγία Ειρήνη, Santa Irene, comparten la misma palabra griega, εἰρήνη, “paz”.
La escultura que aparece en la foto se conserva en la Glyptothek —o Gliptoteca, museo o colección especializado en obras de escultura o en piedras finas grabadas y esculpidas— de Múnich, Alemania, el museo más antiguo de la ciudad, dedicado por completo a la escultura griega y romana.

Lic. Tamara Le Gorlois

Que no cunda el pánico: pan para todos

           

El idioma griego nos dejó uno de los prefijos más fecundos y sugerentes: “pan” (παν), que significa “todo”, “todos”, “la totalidad”.

Es una raíz pequeña, pero cargada de una ambición inmensa: nombrar lo universal. Desde esa raíz se formaron palabras que atravesaron el latín y llegaron a nuestras lenguas modernas.

Panhelénico designaba lo que pertenecía a todos los griegos, como los Juegos Olímpicos. De ahí surgen panamericano (todos los americanos), panhispánico (todo el mundo de habla hispana), panafricano (todos los africanos), panarabismo (ideología que defiende que todos los pueblos árabes de Asia y África forman una sola nación), paneslavismo (movimiento que busca la unión y la solidaridad entre todos los pueblos y países eslavos de Europa) o panregional (algo que abarca varias regiones o países dentro de una misma zona geográfica), todos con la idea de abarcar un conjunto entero.

En la vida cotidiana aparecen panteón (todos los dioses), panorama (una visión total), pandemia (enfermedad que se extiende a todos los pueblos), panacea (el remedio a todos los males), pancarta (cartel informativo, originalmente un documento que contenía todo lo copiado), panlingüístico (que abarca o afecta a todas las lenguas humanas), pantomima (representación teatral donde se expresa todo mediante gestos, sin hablar), panegírico (discurso o poema que alaba por completo las virtudes de una persona).

En otras ciencias aparecen Pangea (todas las tierras unidas en un solo continente), Pantalasa (gigantesco océano universal que rodeaba a Pangea; significa “todos los mares”), pantano (terreno cubierto por agua, “todo barro”), pancromático (sensible a todos los colores —usado en fotografía—), panóptico (ver todo desde un punto) y panoptismo (la teoría de esa vigilancia total).

En biología aparecen panmixia (reproducción totalmente libre en una población) y panzoótico (enfermedad que se extiende a todos los animales de una región; el equivalente a pandemia para animales).

Pangénesis (antigua teoría que decía que todas las partes del cuerpo aportaban información genética), pancitopenia (disminución grave de todos los tipos de células en la sangre, a saber: glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas), panarteritis (inflamación que afecta de manera general a las arterias), panadenitis (inflamación que afecta a varias glándulas a la vez), pangenoma (todos los genes que forman una especie), panoptosis (muerte celular que combina varios procesos diferentes de destrucción de las células).

El famoso Panphagia es uno de los dinosaurios más antiguos y su nombre significa “el que lo come todo” (omnívoro). Y el nombre de otro dinosaurio, el Panoplosaurus, significa “lagarto totalmente acorazado”.

En filogenética (el estudio de la evolución y parentesco de los seres vivos), se utiliza el prefijo Pan-, agregado al nombre de un grupo vivo, para designar a su “clado total”. Esto incluye a los organismos actuales y a todos los parientes fósiles extintos más relacionados con ellos que con cualquier otro animal actual. Por ejemplo:

• Pan-Aves (todas las aves modernas y todos los dinosaurios y fósiles extintos que están más cerca de las aves que de los cocodrilos).

• Pan-Testudines (todas las tortugas actuales y todos sus ancestros fósiles extintos).

• Pan-Mammalia (todos los mamíferos actuales y mamíferos fósiles extintos).

En filosofía, aparece en conceptos como panpsiquismo (todas las cosas del universo tienen alma o conciencia), pancalismo (todo en el universo es esencialmente bello), panlogismo (todo lo real es racional; el universo entero y las leyes de la naturaleza no son un accidente, sino la manifestación de una razón o logos universal).

Panenteísmo y panteísmo se diferencian porque el panteísmo sostiene que Dios y el universo son exactamente lo mismo, mientras que el panenteísmo afirma que el universo está dentro de Dios, pero Dios es mucho más grande que el universo.

Los griegos relacionaron el nombre del dios Pan con el prefijo pan porque lo consideraban una personificación de toda la naturaleza y del principio vital del universo.

Según el Himno homérico a Pan, cuando nació, su madre (una ninfa) huyó aterrada al ver su cuerpo humano con patas y cuernos de cabra. Su padre, Hermes, lo llevó al monte Olimpo, donde su aspecto provocó risa en todos los dioses, quienes lo llamaron Pan (“el que alegró a todos”).

Pan se convirtió en el dios de los campos, los bosques, los montes y los rebaños. Los antiguos griegos creían que los ruidos extraños y sin causa aparente en lugares solitarios —como cuevas o bosques de noche— eran producidos por Pan. Creían que, si alguien interrumpía el descanso de Pan, este emitía un grito tan espantoso que infundía pánico, un terror repentino e irracional en hombres y animales. Su nombre dio origen a la palabra pánico: el miedo que Pan infundía en todos.

Durante más de dos mil años, ese pan conserva su sentido original heredado de Grecia: la aspiración a comprender el todo antes que las partes.

Descartemos palabras como panadería y panificado, que derivan del latín panis (el pan que se come), y panceta, del italiano dialectal panzetta, que es un diminutivo de panza (vientre o barriga).

 Lic. Tamara Le Gorlois

El Viaje del Héroe

Frontón oriental del Partenón: Nacimiento de Atenea (425–420 a. C.). Taller de Fidias (siglo V a. C.).


El Viaje del Héroe, representado infinitas veces en todas las culturas, en el mundo helénico tiene varias representaciones.

En los frisos del Partenón, Fidias plasmó el viaje del héroe comenzando en el lateral oeste (fachada trasera). Esto es el inicio desde el caos, la oscuridad que nos da el poniente. Aquí inicia la narración visual mostrando los preparativos de la procesión, con los jinetes montando y organizando a sus caballos. En los laterales Norte y Sur (lados largos), la procesión avanza (circunambulación) en paralelo por ambos muros hacia el frente del templo. Representa el desfile en pleno movimiento, compuesto por magistrados, músicos, portadores de ofrendas y carros. Finalmente, el lateral Este (fachada principal / entrada), es el punto de culminación donde convergen los dos grupos arribados por ambos lados largos.

En el centro del lateral oriental se esculpió la escena ritual de la entrega del peplo (el manto sagrado) a la diosa Atenea, flanqueada por los dioses del Olimpo sentados.

 

Otras versiones helénicas del Viaje del Héroe son:

  • Heracles (Hércules) y los 12 trabajos: El héroe sufre una prueba dolorosa, desciende al inframundo (Hades) y supera tareas imposibles para purgar su culpa y alcanzar la inmortalidad.
  • Odiseo (Ulises) en La Odisea: Representa el viaje de regreso a casa. Tras la guerra de Troya, enfrenta cíclopes, sirenas, brujas y el mundo de los muertos antes de recuperar su reino en Ítaca.
  • Aquiles – La Ilíada: Su historia reproduce un viaje interior. Aquiles comienza dominado por la cólera y el orgullo, se retira del combate, pierde a Patroclo, vuelve a la guerra, mata a Héctor y finalmente experimenta una profunda transformación cuando Príamo entra en su tienda para suplicarle el cuerpo de su hijo. Aquiles reconoce entonces en el dolor de su enemigo el mismo sufrimiento humano que él experimenta. Es toda una transformación moral.
  • Teseo y el Minotauro: El viaje incluye el paso por el laberinto de Creta, que simboliza la prueba más oscura o el vientre de la bestia, de donde sale transformado y victorioso gracias al hilo de Ariadna.
  • Perseo y la Medusa: El joven recibe objetos mágicos de los dioses (el llamado y la ayuda sobrenatural), cruza umbrales peligrosos, decapita al monstruo y regresa con el trofeo para restaurar el orden.
  • Jasón y los Argonautas: Un viaje colectivo en busca del Vellocino de Oro, donde el héroe cruza mares desconocidos, enfrenta dragones y supera pruebas mágicas.
  • Orfeo y Eurídice: Es uno de los ejemplos más profundos del motivo del descenso. Orfeo atraviesa literalmente la frontera entre vivos y muertos para recuperar a Eurídice. Gracias a su música consigue conmover a Hades y Perséfone, pero fracasa en la última prueba al mirar hacia atrás. Es un viaje del héroe incompleto o trágico: entra en la muerte y regresa, pero no consigue traer consigo aquello que buscaba. Su historia muestra que el viaje iniciático no garantiza el éxito.
  • Belerofonte y la Quimera: Belerofonte recibe una misión que aparentemente debe conducirlo a la muerte: combatir a la Quimera. Con ayuda de Pegaso, logra vencerla. Después supera otras pruebas y alcanza enorme prestigio, pero su historia termina en tragedia cuando intenta elevarse hasta el Olimpo. Aquí el viaje introduce otro tema esencial del pensamiento griego: la hýbris (se traduce «desmesura», «soberbia» u «orgullo excesivo»), el exceso del héroe que pretende superar los límites humanos.
  • Edipo: También puede leerse como una forma oscura del viaje. Parte para escapar de una profecía y, precisamente a través de ese viaje, termina cumpliéndola. Resuelve el enigma de la Esfinge, se convierte en rey y posteriormente inicia otra búsqueda: descubrir la causa de la peste de Tebas. Esa investigación termina convirtiéndose en un viaje hacia su propia identidad. El monstruo final no está fuera de él: es la verdad acerca de sí mismo.

Lic. Tamara Le Gorlois

¿Cuántos Euristeos nos han gobernado, escondidos dentro de un tupper, impartiendo órdenes a través de obsecuentes que evocan el estiércol? ¿Qué tiene que ver todo esto con el camino del héroe?

Al igual que Heracles —Hércules para los romanos—, todos nacemos con características humanas y divinas (nuestros dones y potencial ético a descubrir). De ahí en más, la vida está llena de escollos que a menudo son impuestos por mediocres que circunstancialmente ejercen el poder.
El viaje del héroe, entendido como ese proceso de transformación y sublimación que todos deberíamos trabajar, aparece representado en infinidad de culturas. Sin embargo, creo que nadie expresó esta tragicomedia de manera más elocuente que los propios griegos.
Invito a repasar esta historia para reírnos —por no llorar—, y si algo de ella resuena con la vida real, obviamente, no es casualidad…
Euristeo era nieto de Perseo, el mítico héroe que decapitó a Medusa y fundó la ciudad de Micenas. Por su linaje, Euristeo poseía derechos legítimos sobre el trono de la Argólida (Grecia). Sin embargo, lo extraordinario de su historia no fue su ascendencia, sino la maniobra divina que determinó su nacimiento y destino.
Hera, esposa de Zeus, perseguía con profundo odio a todos los hijos que el dios engendraba fuera de su matrimonio. Entre ellos, ninguno parecía tan amenazante como Heracles. Concebido por Zeus y la mortal Alcmena, aquel niño estaba destinado a poseer una fuerza y gloria extraordinaria y convertirse en uno de los favoritos de su padre.
Hera no podía acabar directamente con el bastardo, pues incluso los dioses estaban sujetos a ciertas leyes y límites dentro del orden olímpico. Pero sí podía intervenir de manera indirecta. Recurrió entonces a Ilitía, la diosa de los nacimientos, y consiguió que el parto de Euristeo se adelantara mientras el alumbramiento de Heracles era retrasado.
La diferencia fue de unas pocas horas, pero lo suficiente para cambiar el curso de sus vidas.
Zeus había jurado que el primer descendiente de Perseo que naciera aquel día gobernaría sobre los demás. Convencido de que ese niño sería Heracles, no había previsto la manipulación de Hera.
Cuando Euristeo nació antes que Heracles, el juramento quedó sellado y Zeus no podía retractarse exponiéndose al descrédito de los demás dioses del Olimpo. Así, Euristeo recién nacido recibió el derecho al trono, mientras Heracles, destinado a convertirse en el mayor héroe de Grecia, quedó sometido a la autoridad de un hombre al que superaba en fuerza, valentía y grandeza.
El reino que Euristeo heredó no era insignificante. Micenas era uno de los centros más poderosos del mundo griego antiguo. Sus imponentes murallas ciclópeas, construidas con enormes bloques de piedra caliza de varias toneladas, causaban el asombro de los propios griegos que atribuían su construcción a los cíclopes, pues no podían creer que semejantes estructuras hubieran sido levantadas por manos humanas.
Situada en el nordeste del Peloponeso, Micenas controlaba importantes rutas comerciales entre el golfo de Corinto y el mar Egeo. Administraba tierras fértiles, dominaba territorios estratégicos y mantenía vínculos con otros centros relevantes. Los objetos de oro descubiertos en sus yacimientos arqueológicos, hoy llenan vitrinas de los museos. Gobernar Micenas, por lo tanto, significaba tener poder en uno de los reinos más ricos, prestigiosos e influyentes de la antigua Grecia.
Euristeo ocupó aquel trono y nadie podía discutir su legitimidad dinástica. Sin embargo, otra cuestión muy distinta fue su capacidad para gobernar.
La épica homérica exigía que los reyes combatieran en primera línea, lanza en mano, y que guiaran a sus hombres mediante el ejemplo. Asimismo, se esperaba de ellos que tomaran decisiones difíciles y afrontaran sus consecuencias con dignidad.
Euristeo demostraba todo lo contrario. En lugar de actuar por sí mismo, delegaba sus órdenes en intermediarios como Copreo cuyo nombre (del griego kópros) significa estiércol. En vez de enfrentarse abiertamente con Heracles, prefería mantenerse a distancia, escondiéndose dentro de una gran tinaja toda vez que el héroe regresaba de alguna de sus peligrosas hazañas.
Euristeo exigía trabajos peligrosos y los condicionaba a recursos mezquinos para invalidarlos. Por ejemplo, cuando Heracles derrotó a la hidra de Lerna, Euristeo impugnó la misión porque Yolao lo había ayudado a cauterizar los cuellos del monstruo.
Mediante recursos burocráticos, Euristeo invalidaba los esfuerzos del héroe. ¿Nos resulta familiar?
Lejos de empuñar un arma, Euristeo combatía mediante tecnicismos y obsecuentes dando órdenes desde su escondite.
Los griegos representaron la escena de la tinaja en numerosas vasijas de cerámica, donde la figura del rey asoma temerosamente desde el interior, mientras Heracles, frente a él, sostiene victorioso alguna criatura monstruosa.
La escena resulta caricaturesca: incluso frente a la tragedia, los antiguos griegos percibían su dimensión cómica.
Sin embargo, detrás de esa comicidad se oculta una cuestión mucho más profunda.
Euristeo poseía todos los elementos formales del poder: el trono, el linaje, el favor de Hera y el juramento de Zeus.
Heracles, en cambio, poseía la fuerza, el coraje, la resistencia y la capacidad de ejecutar acciones que ningún otro hombre podía realizar.
La autoridad legal se encontraba en Euristeo. La areté, entendida como excelencia y capacidad extraordinaria, residía en Heracles.
Plantea una pregunta que atraviesa los siglos: ¿qué otorga verdadera legitimidad a quien gobierna? ¿Un decreto divino, una herencia dinástica o la calidad de sus propios actos?
A no confundirse: Hera jamás sintió afecto por Euristeo: lo necesitaba, lo usaba. El odio hacia Heracles se intensificaba cada vez que el héroe sobrevivía a una nueva hazaña y acrecentaba su gloria.
El ciclo se cumplió prueba tras prueba: Hera inspiraba los encargos; Euristeo los ordenaba; Heracles partía para ejecutarlos y, durante el trayecto, la diosa agregaba más obstáculos.
Hera ya había enviado serpientes a su cuna cuando todavía era niño y lo siguió hostigando de mil maneras, logrando enloquecer a Heracles, quien perdió el control matando a su esposa e hijos. Cuando recuperó la razón y comprendió lo sucedido, quedó destruido por el dolor y la culpa.
Buscando purificación y una forma de expiar el crimen, acudió al oráculo de Delfos, considerado por los griegos el canal de la voluntad de Apolo y, en muchas ocasiones, también de Zeus. La respuesta que recibió lo castigaba y redimía al mismo tiempo: durante doce años debía ponerse al servicio de Euristeo y obedecer todos los encargos que el rey le impusiera. El oráculo estableció que la obediencia de Heracles sería recompensa con la inmortalidad, lo cual daba consuelo a Zeus.
Para Euristeo, esto resultaba una oportunidad tan extraordinaria como peligrosa. El guerrero más poderoso del mundo griego quedaba sometido a su autoridad. Podía enviarlo a combatir monstruos, recuperar objetos imposibles o viajar hasta los confines de la tierra.
Pero aquel mismo hombre, si perdía la paciencia, podía destruirlo con sus propias manos.
Durante doce años, Euristeo vivió atrapado por el miedo y la ambición, por lo que asignaba misiones pensadas en aumentar las posibilidades de que Heracles muriera en el intento.
Para Heracles implicaba pasar doce años obedeciendo a un hombre al que despreciaba, donde Hera introducía dificultades adicionales.
Hera estaba empecinada en prolongar el sufrimiento del héroe: un Heracles muerto ya no podía servir como instrumento de castigo contra Zeus. En cambio, un Heracles vivo, sometido a la voluntad de un rey débil y cobarde, constituía una ofensa permanente contra el padre de los dioses.
El primer gran encargo fue matar al león de Nemea.
La elección no había sido casual. La bestia aterrorizaba la región de Nemea, al norte de la Argólida, y poseía una piel invulnerable. Ningún arma de bronce, hierro o piedra podía atravesarla.
Euristeo confiaba en que aquel monstruo eliminara a Heracles. Pero se equivocó.
Al comprobar que sus armas resultaban inútiles, Heracles decidió luchar cuerpo a cuerpo y lo estranguló con sus propias manos.
Después demostró que su inteligencia estaba a la altura de su fuerza. Como ninguna hoja podía cortar la piel del león, utilizó las propias garras de la bestia para desollarla. Desde entonces vistió aquella piel como una armadura impenetrable y usó la cabeza del animal como yelmo.
Cuando regresó a Micenas con el cuerpo del león sobre los hombros, Euristeo comprendió la magnitud del hombre al que debía dar órdenes.
Preso del pánico, mandó fabricar una enorme tinaja de bronce, que hizo enterrar parcialmente en el suelo del palacio y comenzó a refugiarse dentro de ella cada vez que Heracles regresaba de una misión.
A partir de entonces se negó a recibirlo personalmente. Toda comunicación entre ambos comenzó a realizarse a través de Copreo, el heraldo real. Euristeo ya no quería ver a Heracles ni de lejos.
El nombre de Copreo es significativo: la palabra griega kópros significa estiércol. Estamos ante un heraldo que evoca el excremento, al servicio de un rey oculto dentro de una tinaja y encargado de transmitir órdenes al hombre más poderoso del mundo. Resulta difícil imaginar una cadena de mando más grotesca.
Los griegos, especialmente sensibles a los juegos de palabras y a la ironía de los nombres, no pasaban por alto esta asociación.
Después del león de Nemea, los encargos se volvieron cada vez más peligrosos.
Heracles debió enfrentarse a la hidra de Lerna, una serpiente monstruosa de múltiples cabezas. Cada vez que el héroe cortaba una de ellas, otras dos surgían en su lugar. Para derrotarla, Heracles combinó su fuerza con estrategia: pidió a su sobrino Yolao que cauterizara con fuego los cuellos cercenados para impedir que las cabezas volvieran a crecer.
Luego llegó la captura del jabalí de Erimanto. Euristeo no exigió que el animal fuera muerto, sino capturado vivo, lo que hacía la misión mucho más difícil. Heracles lo persiguió por montañas nevadas hasta agotarlo y finalmente reducirlo.
Cuando el héroe regresó llevando al enorme jabalí sobre sus hombros, Euristeo volvió a esconderse aterrorizado dentro de su tinaja.
La limpieza de los establos del rey Augías parecía una burla concebida para degradarlo. Los corrales no habían sido limpiados durante años y albergaban una cantidad inimaginable de estiércol. Euristeo ordenó que todo fuera saneado en un solo día.
Heracles desvió los cauces de los ríos Alfeo y Peneo, cuyas aguas atravesaron los establos y arrastraron toda la suciedad.
Después llegaron las aves del lago Estínfalo; el toro de Creta; las yeguas antropófagas de Diomedes, rey de Tracia; el cinturón de Hipólita, reina de las amazonas; y el ganado de Gerión, custodiado en los límites occidentales del mundo conocido, más allá de las columnas que posteriormente recibirían el nombre de Hércules.
También debió obtener las manzanas doradas del jardín de las Hespérides, misión que negoció con el titán Atlas.
Finalmente, Euristeo le ordenó descender al Hades y capturar a Cerbero, el monstruoso perro encargado de custodiar la entrada al reino de los muertos. Heracles debía dominarlo sin utilizar armas y llevarlo vivo ante el rey.
La progresión de los encargos muestra con claridad la intención de Euristeo. Al principio envió a Heracles a combatir animales en la Argólida, luego lo obligó a viajar a tierras distantes, como Creta, Tracia y norte de África. Por último, le exigió atravesar límites y entrar en el mundo de los muertos.
Heracles murió por una túnica envenenada que le consumió el cuerpo causándole dolores insoportables. Finalmente, Heracles ordenó levantar una pira funeraria y se entregó a las llamas.
Su parte mortal fue destruida, pero su esencia divina ascendió al Olimpo, recibiendo la inmortalidad que Zeus había previsto para él desde el principio.
Euristeo podría haber considerado terminada su enemistad. Heracles había desaparecido del mundo de los mortales y ya no representaba una amenaza directa para su trono.
Pero no fue así.
El rey trasladó su obsesión a los hijos y descendientes del héroe, conocidos como los Heráclidas. Los persiguió por toda Grecia en forma enfermiza.
Los Heráclidas huyeron de una ciudad a otra buscando refugio. Nadie quería protegerlos, porque darles asilo significaba desafiar a Micenas y exponerse a una guerra contra Euristeo.
Finalmente, Atenas decidió recibirlos y el enfrentamiento fue inevitable.
Euristeo marchó contra la ciudad, pero fue derrotado y capturado.
Alcmena, madre de Heracles, había soportado durante décadas la persecución de Hera y Euristeo. Había visto a su hijo sometido, humillado, obligado a arriesgar la vida una y otra vez y, finalmente, había presenciado el acoso contra sus nietos.
Cuando Euristeo cayó prisionero, exigió que fuera ejecutado.
Su final fue violento.
La captura de Euristeo se produjo en las inmediaciones de las Rocas Escironianas, cerca del istmo de Corinto, lo que delata que el rey trató de huir. Esto encaja con la imagen que la tradición construyó de él. El mismo hombre que se ocultaba dentro de una tinaja cada vez que Heracles regresaba de una misión bien podría haber abandonado Micenas cuando la derrota se volvió inevitable.
Mientras Euristeo desaparecía, el legado de Heracles sobrevivía.
Durante generaciones, los Heráclidas reclamaron el dominio del Peloponeso. Estas luchas están relacionadas con el llamado retorno de los dorios, un episodio situado en el oscuro periodo de la historia del Egeo entre los siglos XII y X a. C.
La mitología griega nunca funcionó como una crónica oficial. Los relatos se transmitían oralmente y cada ciudad, poeta, santuario o celebración podía modificarlos de acuerdo con sus propias necesidades religiosas, políticas o territoriales.
La figura de Euristeo encierra una paradoja imposible de ignorar.
Sin sus órdenes, los doce trabajos de Heracles nunca habrían existido. Sin aquellas pruebas, el héroe no habría alcanzado la gloria universal ni habría recibido la inmortalidad prometida.
De manera involuntaria, el antagonista más cobarde de la tradición griega se convirtió en el arquitecto de la gesta heroica más famosa del mundo antiguo.
Esto no significa que sus acciones queden justificadas.
Euristeo recibió el poder y actuó con crueldad metódica, abusó de su autoridad y trató de destruir no solamente a Heracles, sino también a sus descendientes.
Cuando la suerte cambió, huyó o fue capturado como una presa.
Su muerte a manos de los Heráclidas cierra un ciclo que los antiguos griegos comprendían con claridad: la autoridad desprovista de justicia termina pagando un precio, aunque ese precio tarde años o generaciones en llegar.
Lic. Tamara Le Gorlois

¿Qué es clásico?

Clásico define aquello que, antiguo o moderno, no disgusta a nadie. Es una eterna referencia ideal, fuente de estética e inspiración, atractivo que perdura sin pedir permiso al paso del tiempo. No pierde fuerza, aunque todo alrededor cambie. Lo clásico nunca envejece, inspira.

Del clasicismo griego, la civilización occidental es una eterna deudora. No se trata solo de herencias estéticas, sino de una forma de mirar al ser humano, de pensar la ética, la belleza y la razón. Desde la filosofía hasta el arte y la política, esa raíz griega sigue vigente haciendo que ciertos ideales sean universales.


·       Uno de los legados más profundos de Grecia fue la filosofía, entendida como una búsqueda racional de la verdad, basada en la formulación de preguntas, la duda razonada y el examen crítico de las ideas.

·       En ese marco surgieron también la ética y la reflexión sistemática sobre la moral, especialmente a través de las enseñanzas de Sócrates, Platón y Aristóteles, quienes indagaron acerca de la virtud, la justicia, el bien y la conducta humana.

·       En Grecia surge la noción de alma, sobre todo en la filosofía de Platón, quien la consideró un principio central de la identidad, del conocimiento y de la vida moral.

·       También el ideal de areté, término asociado con la excelencia personal, la virtud y el desarrollo de las capacidades humanas, aplicado tanto a la vida individual como al desempeño público.

·       La búsqueda de perfección se manifestó igualmente en las artes y en la arquitectura, donde los griegos otorgaron un valor esencial a la proporción, el equilibrio y la armonía. Aplicando la proporción áurea, obras de arte y construcciones tomaron proporciones ergonométricas: la humanización de lo tangible.

·       El arte figurativo y la literatura de los griegos se mantuvieron ligados al mundo de los dioses, dando forma a arquetipos, símbolos, alegorías y signos que aún hoy son evocados con frecuencia por el arte y la psicología moderna, especialmente por la psicología junguiana. Las imágenes antropomórficas de dioses y mitos continúan utilizándose como representaciones simbólicas de realidades abstractas, tales como pensamientos, emociones, fuerzas y energías difícilmente expresables de otro modo.

·       Heredamos el teatro, no solo como forma de entretenimiento, sino como espacio de reflexión social, introspección, autocrítica, política, religiosa y moral. A través de la tragedia y la comedia, la sociedad griega examinaba sus conflictos, sus temores, sus valores y las consecuencias de las acciones humanas.

·       Los griegos también dieron origen al estudio de la historia. Heródoto de Halicarnaso (c. 484-425 a. C.), fue pionero en la investigación del pasado y en la ordenación cronológica de los acontecimientos, estableciendo las bases de la historiografía occidental.

·       Del mismo modo, el pensamiento político griego contribuyó a consolidar la noción de que la ley debía situarse por encima de la voluntad individual y que la vida colectiva debía regirse por normas comunes.

·       Heredamos el concepto de polis, entendida no solo como una ciudad, sino como el espacio político en el que se ejercían la ciudadanía, la participación cívica y la vida comunitaria.

·       De la democracia ateniense surgen los sistemas políticos occidentales, al igual que la valoración del debate público como forma legítima de deliberación y toma de decisiones.

·       Vinculada con esta práctica se desarrolló la retórica, concebida como el arte de persuadir mediante argumentos, y se consolidó el diálogo como una herramienta fundamental para el pensamiento, la convivencia y la resolución de diferencias.


Así, la ciudadanía y la participación cívica, el debate público, el teatro, la filosofía, la retórica, la búsqueda de proporción y armonía, el ideal de areté, la investigación histórica, la supremacía de la ley y el valor del diálogo conforman algunos de los pilares intelectuales, políticos, morales y estéticos que Occidente heredó de la Grecia clásica y que, con numerosas transformaciones, continúan vigentes hasta nuestros días.


Los duces, en su afán de gloria, solían comparar su poder marítimo veneciano con el terrestre de Esparta, elevando aquella comparación casi a mito. Más tarde, durante la Revolución Francesa, la idea de égalité se quiso emparentar con la supuesta equidad espartana, pasando por alto su estructura rígidamente oligárquica y la dura explotación sobre las mayorías. Algo similar ocurrió con la democracia: durante mucho tiempo se idealizó la democracia directa ateniense —ese voto a mano alzada del ciudadano— y se la mezcló, en el imaginario, con las formas modernas de representación, donde la gente delega su voz en representantes.

Como sea, aquel clasicismo griego no solo inspiró a otra gran cultura, la romana, sino que también se abrió paso a través del tiempo, retornando una y otra vez a nuestra cultura.


La funeraria del Hijo de la Viuda

La casa de servicios fúnebres más antigua de los Estados Unidos es Bucktrout Funeral Home, ubicada en Williamsburg, entonces capital de Virginia.
Fue fundada en 1759 como taller de ebanistería por Anthony Hay y Benjamin Bucktrout, ambos maestros masones: constructores ebanistas de oficio y constructores de la masonería y de la Independencia en los Estados Unidos.
En sus inicios, fabricaban muebles de gran calidad y también ataúdes. Además, proporcionaban, de manera caritativa, entierros a sus vecinos y amigos en la granja familiar. Con el tiempo, el negocio evolucionó hasta convertirse en un servicio funerario integral.

Anthony Hay figura en los anales de la historia de la ebanistería por haber documentado el uso de pieles de tiburón para alisar sus trabajos, antecedente del papel de lija.
Bucktrout, por su parte, creó y firmó una elaborada silla para el Gran Maestro Provincial de Virginia. Usada por Peyton Randolph, ocupa un lugar destacado en las colecciones de la Colonial Williamsburg Foundation. Realizada en caoba y nogal negro, con detalles en pan de oro y plata, es considerada la pieza más elaborada del mobiliario masónico del siglo XVIII en los Estados Unidos.
Posteriormente, Benjamin Bucktrout trasladó el negocio a la Casa Chiswell-Bucktrout, en la calle Francis de Williamsburg. El primer propietario del lugar fue el famoso coronel John Chiswell, quien también fue propietario de la taberna Raleigh y proporcionaba plomo de sus minas para armar a los independentistas.
Al fallecer Chiswell en 1766, Bucktrout, en un gesto de solidaridad con la viuda, compró su casa, mientras que Anthony Hay adquirió su famosa Raleigh Tavern, ambas ubicadas en Williamsburg. Esta última es recordada como una de las tabernas más grandes e importantes de la América colonial, germen de la Independencia de los Estados Unidos.
En el Salón Apolo —Apollo Room—, utilizado para banquetes, bailes y reuniones políticas, los legisladores de Virginia, entre ellos George Washington, Thomas Jefferson y Patrick Henry, se reunieron secretamente en 1769 para conspirar contra la Corona británica y acordar un boicot a los productos británicos. Más tarde, en 1774, utilizaron este salón para solicitar la convocatoria del Primer Congreso Continental.
Figuras clave también se reunieron secretamente en el comedor privado —el Daphne Room— para crear los Comités de Correspondencia, una red fundamental para conectar a las Trece Colonias en su resistencia contra el dominio británico.
El 5 de diciembre de 1776, un grupo de lowetones —hijos de masones—, estudiantes del College of William & Mary, se reunió en la taberna para fundar la primera fraternidad académica y sociedad de honor de los Estados Unidos: Phi Beta Kappa. Estas tres letras griegas representan el lema Philosophia Biou Kybernetes, que significa «El amor por el aprendizaje es la guía de la vida». Ser miembro de esta fraternidad constituye una de las máximas distinciones para los universitarios. Entre sus integrantes figuran 17 presidentes de los Estados Unidos, 42 jueces del Tribunal Supremo y más de 130 premios Nobel.
El edificio original se incendió en 1859, pero fue meticulosamente reconstruido y, en la actualidad, forma parte del famoso museo al aire libre de Colonial Williamsburg.
La excelente reputación del taller de ebanistería atrajo, en 1764, al joven Edmund B. Dickinson, quien se incorporó como empleado.
A causa de un cáncer en el rostro, Anthony Hay abandonó toda actividad en 1767, por lo que Bucktrout pasó a dirigir el taller hasta la muerte de Hay, ocurrida en 1770, momento en el cual el negocio fue puesto a la venta.
En enero de 1771, el taller original de la calle Nicholson —manzana 28, edificio 72— fue adquirido por Dickinson. El negocio prosperó proporcionando muebles a algunos de los habitantes más prominentes de Virginia, como Patrick Henry y Thomas Jefferson, además de ataúdes y servicios fúnebres.
Dickinson permaneció allí hasta 1776, cuando fue requerido para prestar servicio militar y debió cerrar el negocio. Con el grado de mayor, murió en la batalla de Monmouth en 1778. George Washington mencionó la muerte de Dickinson en su correspondencia personal, en una carta dirigida al gobernador Patrick Henry el 4 de julio de 1778.
A lo largo de los años, el negocio cambió de manos en numerosas ocasiones, pero se mantuvo fiel a los valores que lo caracterizaron desde sus orígenes. Bucktrout se convirtió en la primera funeraria en poseer y operar un crematorio.
La familia Altmeyer adquirió la Funeraria Bucktrout en 2011 y restauró y renovó el histórico edificio.

Lic. Tamara Le Gorlois