Las relaciones y el poder

¿Qué aspectos no deberíamos negociar para tener una relación sana?
Hay un concepto muy sencillo: el de las relaciones horizontales y las verticales.
En las relaciones horizontales, el poder está equitativamente repartido.
A veces creemos que el poder no tiene que ver con las relaciones, pero sí: tiene todo que ver.
En una relación horizontal, el poder está equilibrado. Cuando las relaciones se vuelven verticales, ese equilibrio se rompe: una de las partes tiene más poder que la otra.
El poder tiene que ver con la capacidad de tomar decisiones y ejercer control, pero también con la responsabilidad.
Decía 
Roosevelt, el presidente norteamericano: todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.
El poder conlleva responsabilidad. Responsabilidad de cuidar, de proveer.
En una relación horizontal, el poder está equitativamente repartido. Ambos pueden tomar decisiones, ambos tienen control, ambos cuidan y son cuidados, ambos proveen y son provistos. Eso sería una relación horizontal, sana.
Se vuelve vertical cuando ese equilibrio se rompe.
También hay relaciones verticales sanas. aplica a la relación entre un cuidador —por ejemplo, una mamá— y un bebé que es absolutamente vertical. La cuidadora, la mamá, tiene todo el poder y toda la responsabilidad: debe tomar decisiones, cuidar y proveer.
Y es sano que esto sea así. Cuando tenemos mamás o cuidadores que no respetan este orden, se convierte en parentalización. Obligamos a los niños a ser adultos antes de tiempo.
Históricamente, las relaciones verticales han sido la norma.
Si nos remontamos 12.000 años, a lo largo de este enorme lapso de tiempo, en muchas sociedades hemos tenido relaciones verticales.
Las personas eran consideradas diferentes en función de su estatus, género, edad...
En casi todas las sociedades, los reyes tenían más poder que los aristócratas, los aristócratas más que el pueblo, el clero tenía poder... Existía una estratificación. Las personas ocupaban posiciones diferentes y también tenían distinto poder, y la gente lo asumía.
Esto no ocurría solamente a nivel social, sino también en el ámbito íntimo y personal. Las relaciones de pareja estaban marcadas por el poder.
La división de género o las relaciones con los hijos no eran igualitarias.
A lo largo de nuestra historia, esa ha sido la relación normal hasta hace muy poco.
Pero eso ya ha volado por los aires. Nosotros somos la generación de la horizontalidad.
Hoy consideramos que todas las relaciones deberían ser horizontales.
Partimos de la idea de que todos somos iguales, por democracia. Y si somos iguales, la relación debería ser horizontal y sana.
Puedo ser jefe, pero eso no me da derecho a hablar mal o insultar a un empleado.
Todos estaríamos de acuerdo. Puede que la relación no sea horizontal en un momento determinado, pero nuestra relación de base debería serlo. Lo mismo ocurre con un juez o con un médico.
En las relaciones íntimas, en particular, esto adquiere una enorme importancia. No es posible una verdadera intimidad sin horizontalidad.
Para que exista una relación de intimidad, tú y yo tenemos que estar en un mismo plano de poder.
No necesariamente desempeñando las mismas funciones, pero sí compartiendo un mismo plano de poder, de manera que ambos estemos en esa relación porque queremos y porque permanecemos en ella libremente.
Incluso las relaciones con los hijos tienen que ser hoy más horizontales que hace años.
¿Qué sucede? Que no todos estamos preparados para las relaciones horizontales.
Porque las relaciones horizontales son difíciles, son complejas. Precisamente porque, si ambos tenemos el mismo poder, yo tengo menos poder y menos control sobre el otro.
Entonces, si voy a intimar, tengo que hacerlo con alguien que también puede hacerme mucho daño. Alguien con capacidad para tomar decisiones y que puede dejarme, abandonarme, traicionarme, reírse de mí... Pueden ocurrir tantas cosas...
Las relaciones horizontales dan pánico, y eso hace que muchas personas no estén dispuestas o no sean capaces de sostener esa horizontalidad.
Estas personas tienden a desequilibrar la relación.
Si no puedo tener horizontalidad, ¿qué hago? Intento verticalizarla.
¿Cómo puedo verticalizarla? Tenemos muchos recursos. El más evidente es volverse dominante y controlador.
Si existe dominancia y control, ya sabemos que la relación no es horizontal. Puedo volverme dominante y controlador de una manera sutil, ser más astuto, convertirme en quien toma las decisiones, pero al final... algo se quiebra.
El dominio puede ser muy sutil y también muy común.
Hay parejas que llevan años de relación y tienen hijos. Ambos eran personas liberales y, en determinado momento, ella había dejado de trabajar para cuidar a los niños. Los hijos crecieron y entonces ella desea volver a trabajar.
Llevaba un par de décadas sin trabajar y le surge la oportunidad de incorporarse a la empresa de una amiga, alguien de confianza. Una empresa pequeña, empezando apenas con tres o cuatro horas al día... El trabajo es ideal para reinsertarse.
Entonces ella, contentísima, va y se lo cuenta a su pareja.
La respuesta que recibe es desalentadora:
«¿Para qué te vas a meter en complicaciones? Con lo tranquila que estás en casa, sin problemas. Con lo que ha cambiado el mundo laboral... A ver si te metes y la empresa tiene un problema fiscal; a ver si pierdes una amiga y el trabajo».
En apariencia la está cuidando, la está protegiendo. Pero, en realidad, puede haber allí una incapacidad para estar en igualdad.
Los dominios pueden ser así: muy sutiles.
Los cuidados tienen que estar repartidos de igual manera.
Una relación sana tiene poder, control, decisiones y responsabilidad repartidos.
No debe haber miedo.
Si hay miedo —miedo a que te enfades, miedo a hacerlo mal, miedo a no estar a la altura—, esa relación no está funcionando bien.
Junto con el miedo aparece otra pregunta: ¿cómo me siento dentro de la relación?
¿Me siento relajado? ¿Me siento tranquilo? ¿Puedo ser yo mismo en esta relación? Cuando me ocurre algo malo, ¿se lo hablaría a mi pareja?
Si las respuestas son sí, la relación es sana. Si las respuestas son no, esa relación difícilmente tendrá un final feliz.
Pero no importa solamente cómo me siento. También importa cómo me comporto.
¿Nos seguimos riendo con naturalidad? ¿La pasamos bien juntos? ¿Queremos hacer cosas juntos porque nos divertimos? ¿O podemos preferir hacer algunas cosas por separado y respetar las actividades de nuestra pareja?
Porque una relación sana no es una relación de fusión.
Es una relación de interdependencia.
No nos fusionamos. Hacemos cosas juntos y cosas por separado, y podemos tolerarnos y respetarnos también en esa separación.

Lic. Tamara Le Gorlois

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